La economía va bien…

Hace algunos años un periodista le pidió al entonces presidente de Rusia Boris Yeltsin que describiera en una palabra cómo era la situación de la economía rusa. Yeltsin respondió: “Buena”. El periodista, ávido de un poco más de detalle, le dijo, “Bueno Presidente, quizás la pueda describir en más de una palabra”. A lo que el lacónico Yeltsin contestó: “Ah, en ese caso-no buena”.

Pocas veces resulta fácil sintetizar en una sola palabra o una sola frase la marcha de un sistema complejo como una economía o un país. En los años noventa hizo carrera en Colombia la frase del entonces Presidente de la Andi Fabio Echeverri Correa: “La economía va bien, el país va mal”. Echeverri se refería a que en aquel momento convivían en el país un gran auge económico y de inversión, producto del buen momento internacional y la apertura de capitales, con una ola de violencia sin precedentes en la historia reciente del país (a principios de esa década, la tasa de homicidios por 100.000 habitantes fluctuó entre 75 y 80, hoy es de 35).

De alguna manera, la frase de Echeverri resumía lo que había sido el devenir de Colombia en el siglo XX: una economía con un crecimiento aceptable (4% anual promedio) y estable (ningún año de crecimiento negativo desde la década de los treinta), que convivía con episodios recurrentes de intensa violencia y conflicto civil. Las debacles del proceso 8.000, la crisis del Upac y el Caguán dieron al traste con este esquema. A fines de los noventa ni la economía ni el país andaban bien. Pocos saben que tomó ocho años, hasta 2005, para recuperar el ingreso por habitante que tenía el país en 1997. Aquella fue la década pérdida de Colombia.

Durante gran parte del gobierno Uribe, como lo consignaron un sinnúmero de encuestas, una mayoría significativa de los colombianos sintieron que tanto la economía como el país marchaban bien. La recuperación de la seguridad y la confianza, el fomento a la inversión, la expansión del gasto social y el buen momento de la economía internacional contribuyeron a un periodo de crecimiento sostenido, reducción (aunque lenta) del desempleo y disminución de la pobreza. Se quebraba un patrón de décadas, al menos al nivel de la percepción que tenían los colombianos de la evolución de su país.

En las últimos meses pareciera que el país vuelve a la “síntesis” de Echeverri. Tras la vergüenza de la reforma a la justicia y el aumento en hechos deleznables de violencia terrorista, particularmente en zonas rurales, la mitad de los colombianos considera que el país va mal y muchos líderes de opinión se rasgan las vestiduras, a pesar de que bajo cualquier criterio objetivo la economía avanza sorprendentemente bien en un entorno muy difícil y los homicidios siguen en caída.

A diferencia del pasado, esta percepción interna dista de la del exterior. Quienes observan a Colombia desde afuera y con una mirada más fría y de largo plazo, contrastan un crecimiento por encima del 4% (con los tres principales socios comerciales en crisis), con baja inflación, cuentas fiscales en orden, y reducción continuada de desempleo y pobreza, con la desesperanzadora situación que viven las economías más ricas del planeta, y la desaceleración pronunciada de otras como Brasil, Argentina e India. Así mismo, ven una reducción ininterrumpida de los niveles de violencia (a pesar de incidentes preocupantes), a la vez que esta recrudece en México, Centroamérica, el Caribe y Venezuela. Finalmente, en el contexto de los repetidos desmanes de los gobernantes de países vecinos, el fiasco de la reforma a la justicia (la cual por fortuna nunca se materializó) les parece un episodio engorroso pero relativamente menor en una democracia aún en consolidación.

Los extranjeros están dispuestos apostar con su dinero (al son de los US$17.000 millones solamente en este año) a que su perspectiva del presente y futuro de Colombia es la acertada.

¿A qué le van a apostar los colombianos? No se trata de tapar problemas o pretender, como el célebre Dr. Pangloss de Voltaire, que vivimos en “el mejor de los mundos posibles”, pero si de dejar el histórico “ombliguismo” geográfico y temporal y evaluar la real situación del país en el contexto de su región y de la historia. De no ser así, se corre el riesgo de hacer un gran daño al futuro y posibilidades de todos los colombianos.