Momento de reflexión

Los resultados obtenidos por Colombia en el Anuario Mundial de Competitividad, publicado recientemente por el International Institute for Management Development, IMD, son muy malos, aunque no sorprendentes, y deben servir para reflexionar  acerca de cuál es el país que se quiere y qué se está haciendo para construirlo. 

Los resultados son malos, no solo porque Colombia haya retrocedido seis puestos frente al año anterior, ubicándose en la posición 52 entre un grupo de 59 países, sino porque ratifican la tendencia descendiente que el país ha mantenido en este ranking en los últimos años.

Son cuatro los factores que mide el Anuario -desempeño económico, eficiencia del gobierno, eficiencia empresarial e infraestructura- y, con excepción  del de desempeño económico, en el que Colombia avanzó 8 posiciones, en los otros tres, la posición relativa del país se deteriora.

Una mirada a los cuatro, en conjunto, permite obtener una visión clara del estado real en el que se encuentra Colombia en los avances hacia el logro de un crecimiento económico alto y sostenido en el largo plazo, así como hacía la búsqueda de la prosperidad colectiva. 

En este sentido, la buena calificación de Colombia en desempeño económico, no solo, no basta, sino que al lado de los malos resultados en los otros tres factores, pone de manifiesto lo mucho que aún falta por hacer para alcanzar las metas que nos impusimos como país para el año 2032, hace algunos años.

Igualmente, los resultados del Anuario vistos de esta forma, dejan claro que el mejoramiento de la competitividad del país no es una tarea exclusiva del gobierno. Tanto gobierno como sector empresarial deben trabajar para mejorar la competitividad del país. El sector público, como proveedor de los bienes públicos necesarios que le permitan a las empresas competir eficientemente y, el privado, identificando los cuellos de botella que inhiben la competitividad, pero también, implementando mejores prácticas al interior de las empresas para mejorar la productividad en las mismas y en los ecosistemas en los que operan. 

De hecho, esta interdependencia e interacción entre todos los actores queda en evidencia en la forma misma como se construye el Anuario Mundial de Competitividad. De las 246 variables que se evalúan, 115 son de percepción, basadas en encuestas a empresarios, y 131 son datos duros, obtenidos de fuentes estadísticas y de instituciones especializadas. Así, mientras que la evaluación de las variables de desempeño económico e infraestructura se hace esencialmente con base en estadísticas, las de eficiencia empresarial y eficiencia del gobierno se construyen en buena parte sobre la percepción que los empresarios tienen frente al resto de industriales y frente al gobierno.

En este sentido, los resultados obtenidos por el país en los factores de desempeño económico (puesto 33) e infraestructura (puesto 57) no arrojan ninguna sorpresa. Los datos macro son buenos y mejoraron de un año a otro, mientras que los de infraestructura son malos y no están mejorando.

Lo que sí es sorprendente, es el deterioro del país de un año a otro en el factor de eficiencia empresarial, al pasar del puesto 37 al 48, precisamente cuando es en este factor en el que mayor peso tienen las respuestas de los empresarios. Es decir empresarios calificando a empresarios. De las 58 variables que se calculan, 37 se basan en la percepción de los empresarios. Llama la atención en este factor, la posición del país en eficiencia y productividad de las empresas (puesto 56); y el retroceso en los temas de mercado laboral (motivación,  capacitación, ambiente de trabajo), prácticas gerenciales y actitudes y valores.

Finalmente, en eficiencia del gobierno el país pasa del puesto 45 al 50. En este factor, la percepción de los empresarios también es muy importante. Los empresarios perciben un gran deterioro en el costo de capital, estabilidad de la tasa de cambio, burocracia, corrupción y sobornos. Igualmente frente al impacto de la regulación para hacer negocios y la falta de importancia que el gobierno da a la cohesión social.

En conclusión, lo que muestra el Anuario del IMD es que Colombia en competitividad está mal y que en lugar de avanzar está retrocediendo. Para mejorar, sin embargo, según se desprende de este índice, no solo basta con que el gobierno se mueva con mayor velocidad, que lo debe hacer, sino que se requiere además la participación activa de las empresas en el mejoramiento de su propia productividad.