¡Qué narices!

Las vacaciones tenían un objetivo claro, descansar, poner en perspectiva realidades y oxigenar ideas. Para cumplir la meta era necesario imponer cuatro reglas: desconectarse del mundo virtual para conectarse de nuevo con el mundo real, visitar sólo lugares en los cuales no hubiese estado antes, tener una importante inyección de cultura y deleitar el paladar.

La primera regla fue difícil de cumplir en un principio, mi obsesión con los medios, especialmente en los soportes móviles, es una adicción diagnosticada e imparable. Sin embargo, una estrategia de choque era necesaria para mis ojos, que necesitaban mirar lejos, y para mi creatividad, que requería nuevas fuentes que la inquietaran, a propósito, recuerdo que hace tiempo vi un comercial de DTAC para Tailandia llamado Disconnect to connect (Desconéctate para conectarte) que desde entonces me persigue con actitud crítica en mis malsanas rutinas haciéndome reflexionar (http://www.youtube.com/watch?v=7ae0tzVo8Fw).
 

La segunda regla debería ser fácil, era sólo marcar nuevos destinos en el mapa. Los destinos serían Praga, Dresden y Viena. Llegar allá fue fácil, pero una vez empecé a caminar y descubrir lugares con los ojos dispuestos y abiertos aparecieron aquí y allá marcas muy cercanas a mi país adoptivo, Estados Unidos: Starbucks, Sephora, Tiffany & Co, Cartier, Louis Vuitton, McDonalds.
 

Dentro de lo novedoso y sorprendente aparecía lo familiar, que esta vez me molestaba porque la búsqueda de este viaje era la contraria: lo distinto. La indiscutible belleza de estas ciudades se presentaba invadida por la globalidad. Y por primera vez, este mercado común no me gustaba tanto.
 

¿Donde está la identidad?
En esa búsqueda por lo auténtico del lugar surgió inesperadamente un elemento seductor: la nariz. Colombia es un lugar donde las cirugías estéticas son un negocio importante hasta el punto de que se "exporta" medicina en forma de cirugías plásticas.
 

Muchas narices aquí son respingadas, pero las narices germanas… ¡qué despliegue! tenían la riqueza infinita de las posibilidades de las formas, grandes y llenas de personalidad, enriquecían el paisaje y definían una historia distinta en cada individuo. ¡Qué placer este de ver narices caminando por las avenidas! Iban y venían del trabajo, entraban y salían de las tiendas, se sentaban en los cafés. Eran un paisaje lleno de carácter. Daban gusto.
 

Nada más delicioso que alejarse de las Ramblas en Barcelona para llegar al bar 4 Gatos (1897), que dentro del Barrio Gótico albergó al movimiento modernista de la pintura y dentro de él al gran Picasso. O el Cafe du Monde en Nueva Orleans (1862), que las 24 horas del día vende los beignets que dejan a todos sus visitantes con dulces bigotes de azúcar blanca, o el Grecco en Roma y la librería Prólogo en Bogotá. ¡Auténticos!
 

El China South Mall en Dongguan, construido en 2005, tiene 2.350 almacenes y capacidad para 70.000 visitantes diarios y ha llegado a reportar que el 99% de su espacio está sin ocupar. ¿Qué puede haber detrás de esta historia? ¿Es a veces la masificación un enemigo del éxito? ¿Es la identidad una oportunidad de negocio?