Al oído de Abelardo y Cepeda
martes, 2 de junio de 2026
Nunca antes había sido más oportuna la expresión, “es la economía, estúpido”, ahora, cuando está en juego un choque de modelos económicos que enfrentan la estatización versus el libre mercado, dos manera de ver el mundo que van a las elecciones
Editorial
Durante las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 1992, el estratega político James Carville diseñó para la campaña de Bill Clinton una estrategia que reivindicara la preocupación por la economía doméstica, más allá de la seguridad internacional que defendía su opositor en el poder, George Bush, quien apostaba por su reelección. La expresión “es la economía, estúpido” se convirtió desde entonces en una advertencia para todos los políticos que aspiran a un cargo de elección popular: lo más importante para los electores son las finanzas personales, la economía familiar, la disminución de la pobreza, las cargas impositivas y todo el ecosistema que mantiene vivo a un país.
Carville creó un recordatorio permanente -una suerte de mantra- usado en toda comunicación o mensaje de la campaña, para que la economía fuera el eje de la conversación, mucho más allá de la retórica política o ideológica, pues la compra del mercado, el pago del alquiler, la tarjeta, el carro o la educación de los hijos son las preocupaciones fundamentales de los votantes: todo gira en torno a su bolsillo, el empleo, la inflación y el bienestar financiero personal.
En términos generales, la economía colombiana tiene un desempeño mediocre: muy bajo crecimiento, fuerte revaluación del peso, generación de empleo autónomo o por contratos estatales, poca diversificación y escasa oferta exportadora, excesiva informalidad y, lo que no es menor, un déficit fiscal cercano a 7%, un endeudamiento récord y una absoluta mediocridad en la explotación de recursos como la minería, sector que ha sacado de la pobreza a docenas de países en todo el mundo. A solo tres semanas de las elecciones presidenciales que elegirán al Presidente de la República que llevará las riendas de Colombia hasta 2030, hay dos candidatos que encarnan modelos económicos antagónicos.
Iván Cepeda es un senador, heredero del actual Gobierno Nacional, que ha tenido importantes logros en generación de empleo público, reducción de la pobreza vía subsidios, una tasa de inflación estancada en 5% y una fuerte revaluación del peso. Mantiene la idea de negar la vocación petrolera del país, muy a pesar de que Ecopetrol es la empresa fundamental de sus cuentas, y una visión sobre la fortaleza de un Estado grande que mantenga el control mixto de muchos de los pilares para el desarrollo, como la infraestructura, los servicios públicos, la agricultura y la construcción.
Al igual que en el libro “Keynes vs. Hayek: el choque que definió la economía moderna” (Deusto, 2016), Cepeda se enfrenta contra Abelardo De La Espriella, un outsider de la política colombiana, abogado de profesión, que en menos de nueve meses logró más de 10 millones de votos sin ayuda de los tradicionales barones electorales, solo apoyado en el alcance de las nuevas tecnologías, entendiendo las dinámicas sociales y con una fuerte posición en defensa de la economía de libre mercado, la propiedad privada y un Estado mínimo. Son posiciones muy distintas, en donde el centro puede ser el fiel de la balanza, pero no se puede pensar que el modelo económico colombiano deba sostenerse sobre un asistencialismo galopante, soportado por las cargas impositivas más altas de los países de la Ocde.
Las cuentas fiscales estarán en fondos rojos para el próximo 7 de agosto, situación que requiere intervenciones quirúrgicas en materia de impuestos para las empresas y las personas naturales. De allí que sea el momento de que ambos candidatos muestren la hoja de ruta que tienen en mente en materia económica.