Cruzada contra evasores de impuestos

Bien por la Dian por apretar a los evasores, pero mal por la cultura nacional de hacerle jugadas al pago de impuestos

Hay un ‘colombianismo’ nefasto que se ha convertido en una verdadera maldición para desempeñar la tarea constitucional de recaudar tributos. Se trata de escudar el no pago de impuestos, o la misma elusión y evasión, en la corrupción campante en que incurren muchos contratistas y funcionarios públicos sin escrúpulos al servicio de la Dirección Nacional de Impuestos, Dian. Es muy frecuente escuchar la frase “yo no pago impuestos, para que los corruptos no se los roben”. Es una frase que ha hecho cultura no solo en las personas naturales sino en las jurídicas, quienes no aterrizan sus palabras y pierden la noción de que un acto de evasión individual o corporativo, como es no pagar las obligaciones con el Estado, es peor que el mismo ‘desangre’ de las arcas nacionales.

Históricamente, la Dian ha sido una entidad poco técnica, politizada en todas sus áreas y capturada en las regiones por senadores y representantes de turno que la han manejado a su antojo. Para nadie es un secreto que el mismo desgreño de la entidad ha hecho que muchos colombianos vean el pago de impuestos como un aporte subyacente a la corrupción nacional. Pero eso ha cambiado en los últimos dos años, desde que su director, Juan Ricardo Ortega, empezó su tarea de reconstruir una entidad técnica de impuestos a la que accedan los mejores tributaristas del país y no los recomendados por los políticos. Esa tarea se está viendo no solo en los históricos montos de recaudo, sino en el talante profesional de la entidad, que siempre se le había plegado a los corruptos con la complacencia del Gobierno Nacional.

Si Colombia quiere mejorar su competitividad e ingresar al selecto club de la Ocde, debe empezar por tener una cultura de pago de impuestos, tal como sucede en los países que pueden compararse con el nuestro. Y para lograrlo debe reconstruir la Dian y revestirla de un carácter técnico, tal como ocurre con el Banco de la República, en donde la admiración profesional es su activo más valioso. La Dian no debe ser solo una entidad muy técnica -valga la redundancia y la insistencia- sino una institución sólida, admirada con alta favorabilidad; no una escuela de entrenamiento de asesores tributarios, como hoy ocurre. Los altos funcionarios de impuestos nacionales no deben usar la entidad como trampolín para luego saltar a trabajar en contra de los intereses del Gobierno y de las arcas estatales.

La cruzada contra los evasores hay que apoyarla en beneficio del país económico y social, no solo porque quienes caigan en las redes de la Dian están cometiendo un delito contra las arcas del Estado, sino porque están robando abiertamente a los clientes y usuarios de sus servicios. Ojalá todo esto se subsane con una verdadera reforma tributaria estructural que evite este tipo de conductas.