Del dólar Petro al dólar Abelardo
martes, 14 de julio de 2026
No existe un dólar Petro, tampoco un dólar Abelardo, la moneda estadounidense le está jugando a la devaluación y todos los tipos de cambio aún bailan al precio del petróleo
Editorial
La historia de los presidentes podría narrarse a partir de la tasa de cambio que marcó los cuatro años de sus mandatos. El precio del dólar siempre ha sido crucial para la canasta familiar, dado que cerca de la tercera parte de los productos y servicios consumidos en el país son importados. Sin embargo, la devaluación o la revaluación del peso frente al dólar se sienten con mayor fuerza sobre las principales exportaciones.
El grueso de las divisas que ingresan al país ha estado determinado por los volúmenes exportados y por los precios de esos productos en los mercados internacionales. No obstante, desde hace dos años las remesas -que ya ascienden a US$16.000 millones- empiezan a convertirse en un factor determinante, no solo para el ingreso de divisas, sino también para el comportamiento del mercado cambiario en las ciudades colombianas. La primera vez que el dólar superó los $2.000 fue de manera acelerada durante el cambio de siglo, en la administración de Andrés Pastrana.
Posteriormente, durante los ocho años del gobierno de Álvaro Uribe, la divisa estadounidense fluctuó entre $1.800 y $2.600. Durante los dos mandatos de Juan Manuel Santos, la moneda se ubicó entre $2.600 y $3.600. La mayor devaluación del peso se produjo en tiempos de la pandemia, cuando Iván Duque tuvo que enfrentar una grave crisis mundial y vio saltar el dólar de $3.700 a $4.700.
Cuando el primer gobierno de izquierda, encabezado por Gustavo Petro, llegó a la Casa de Nariño, muchos analistas pronosticaron un “dólar Petro” superior a $7.000; sin embargo, esa disparada en la tasa de cambio nunca ocurrió. El precio máximo que ha alcanzado el dólar durante este siglo ha sido de $5.014 en medio de una gran incertidumbre internacional, conflictos geopolíticos y una errática política alrededor de la explotación de hidrocarburos.
Está claro que la orientación del Ejecutivo influye en la tasa de cambio de un país. No obstante, en el caso colombiano, la economía subterránea -como la derivada del cultivo de cerca de 300.000 hectáreas de coca- también ejerce un peso significativo. A ello se suma las remesas que entraron con más fuerza que exportaciones tradicionales. Muy pocos analistas vaticinaron un dólar por debajo de $3.500 para esta fecha.
La coyuntura internacional entre Estados Unidos e Irán, sumada a la guerra en Ucrania, son factores que mantienen el barril de petróleo en niveles elevados. Esa situación debilita al dólar a escala global y fortalece a las monedas emergentes, entre ellas el peso. La tasa de cambio de una nación siempre estará ligada a su vocación exportadora o importadora. Con un dólar a $3.300, el modelo de negocio de los exportadores puede hacer agua, más aún cuando el incremento del salario mínimo supera el crecimiento de sus ingresos.
Existen múltiples razones de carácter global para pensar que un dólar debilitado frente a varias monedas -entre ellas el peso colombiano- llegó para quedarse hasta que el gobierno republicano abandone la Casa Blanca. Es decir, aún quedarían más de dos años en los que la guerra arancelaria mantendría un dólar relativamente débil frente a la mayoría de las divisas, favoreciendo la competitividad de la producción estadounidense.
Al actual gobierno de Colombia le corresponde estructurar distintos escenarios para enfrentar un dólar barato. Uno de ellos podría ser la intervención del mercado cambiario; otro, la adopción de medidas que mitiguen los efectos de la revaluación sobre los exportadores. Y, por lo menos, debería volver a considerarse la eliminación de los tres ceros del peso colombiano.