El Congreso debe asumir su papel en serio

Con la elección del Congreso se ha surtido otra etapa del cambio político al que nos avecinamos, ojalá los congresistas superen el reto.

EditorialLR

Sin mayores sorpresas, los colombianos eligieron el Congreso de la República, compuesto por 108 senadores y 172 representantes a la Cámara, con la novedad que hay 10 nuevos parlamentarios de las Farc, fruto de los acuerdos de paz. Estos 280 parlamentarios tendrán la tarea de legislar desde el próximo 20 de julio hasta la misma fecha de 2022, un año muy avanzado del siglo XXI si se mira con prospectiva.

Y es justamente esa mirada la que debe abarcar la construcción de un mejor país, y es la que hoy invocamos para que acompañe a los senadores y representantes en su nuevo papel de elaborar leyes para mejorar la Nación. Construir con grandeza, alejarse de las mezquindades políticas temporales en bien de las nuevas generaciones y con el compromiso de no defraudar a sus miles de electores. Ayer domingo, la gente acudió a las urnas en cantidades como nunca lo había hecho para elegir a estos corporados con gran esperanza de cambio, una muestra de que somos un país más maduro en términos democráticos, pero amenazado por esas fuerzas desestabilizadoras silenciosas que tanto daño pueden hacernos.

A este nuevo Congreso de la República le corresponderá celebrar los primeros dos siglos de la independencia total colombiana. En un año -el 7 de agosto- se celebrarán los 200 de la Batalla de Boyacá ocurrida en 1819, cuando realmente los colombianos empezaron a ser responsables de construir un país que aun sigue en deuda en varios frentes, el social, el económico y el político. Los elegidos no pueden seguir siendo inferiores al reto de mejorar su reputación frente al país; es cierto que se ha avanzado y que dichas corporaciones de congresistas han progresado en favorabilidad, pero las calificaciones ante la opinión pública siguen siendo muy deficientes si se compara con otros países. Todo consecuencia de los permanentes escándalos políticos y los actos de corrupción de sus miembros que siguen estando presentes sin solución.

Al nuevo Congreso de la República le queda la tarea de cambiar su mala imagen, pero con buena o mala reputación tendrán que adelantar las reformas pendientes que se le quedaron sobre el tintero al Gobierno Nacional actual que poco a poco llega a su final. Una reforma tributaria estructural bien hecha que distribuya mejor las cargas impositivas; que no desangre a las empresas y no se ensañe con los trabajadores de la clase media que son los mayores responsables de los cobros de impuesto fáciles, como son los de la retención en la fuente y IVA. La otra reforma que hay que hacer es la que tiene que ver con las pensiones, pues la llamada bomba pensional no da espera y ese es el dolor de cabeza de los ministros de Hacienda. Es un hecho que la edad de jubilación hay que elevarla irremediablemente por simples razones de expectativa de vida y porque una mujer de 57 años y un hombre de 62 son muy jóvenes para retirarse a descansar.

Pero la mayor reforma tiene que ver con la justicia, pues la situación de este tercer poder no da espera. En Colombia se vive una crisis sin precedentes de credibilidad a la justicia, y si a este se le suma la mala reputación del Legislativo, tendremos que es un imperativo generacional entregar un país renovado en los próximos cuatro años, con un Legislativo admirable y una Justicia en la que se confíe. Solo queda el reto del 27 de mayo próximo cuando se elija Presidente, para completar las cabezas de los que tienen que mejorar el país.

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