Editorial
El DNP hace rato es una desilusión
jueves, 20 de agosto de 2026
Burócratas y tecnócratas deben aceptar que el Departamento Nacional de Planeación perdió su rumbo hace mucho y que el Plan Nacional de Desarrollo no ha funcionado en los últimos gobiernos, todo se debe reformar
Editorial
El Departamento Nacional de Planeación, DNP, más o menos como hoy se conoce, empezó a funcionar mediante la Ley 19 de 1958. La idea original de sus promotores era modernizar el Estado, guiar la economía y coordinar los recursos de inversión para establecer las bases técnicas de la política pública del país, pero, como todo en Colombia, las buenas iniciativas se fueron degenerando, hasta llegar al punto de que hoy el gobierno nacional de turno ha tenido que hacer maromas para nombrar un profesional idóneo al frente del decadente DNP. Seguramente, son calificativos muy duros para una oficina pública encargada de planear a largo plazo el desarrollo del país.
La pregunta ácida para comprobar su inacción en las políticas públicas es que no hay mucha herencia probada en los últimos años; se ha convertido en una cueva de burócratas con aires de tecnócratas que nada le aportan al país, máxime cuando coordina el Sistema General de Regalías; evalúa técnicamente los proyectos de inversión, actúa en algo muy extraño que son las secretarías técnicas de los Órganos Colegiados de Administración y Decisión (Ocad), unos cuadros extrañísimos que administran las plataformas de registro y realiza seguimiento a la ejecución de los recursos. Una extraña figura que es la demostración de la burocracia pura y dura, evidenciando el centralismo; son entes en donde los alcaldes y gobernadores deben hacer fila para usar los recursos de las regalías.
Una suerte de peaje, porque el mecanismo ha sido capturado por representantes y senadores, quienes se han aliado a los técnicos de turno para decir qué se hace y qué no en los que ellos llaman “territorios”. El mecanismo diseñado por el DNP para torpedear el uso de las regalías es infame: sus funcionarios, puestos por los congresistas, crean las guías y lineamientos técnicos para que los municipios y gobernaciones estructuren “correctamente” sus proyectos de inversión.
Hay una secretaría que coordina los Ocad específicos (hay unos de paz y otros de ciencia); verifica que las iniciativas presentadas por las regiones cumplan de forma estricta con las leyes vigentes antes de recibir financiamiento. Evalúan el avance físico y financiero de las obras para evitar elefantes blancos o desvíos de dinero, claro está, con óptica centralista o favoreciendo proyectos con padrinos congresistas. Y administra las plataformas digitales oficiales donde las entidades reportan en tiempo real el gasto de cada peso de regalía; es un mecanismo perverso que se deterioró en la natural convivencia de funcionarios nombrados por políticos y usuarios nombrados por ellos mismos.
Lo que hoy sucede en Planeación Nacional es un auténtico incesto de la corrupción, una entidad que nació bien pero que le pusieron a destinar regalías bajo la línea de los políticos, que saben a la perfección en qué lugar están los recursos de las regalías. Si este gobierno nacional que ahora empieza quisiera hacer saltar la planeación como mecanismo idóneo de gobernar, debería reformar el DNP con una visión más regional.
El DNP le pisa las funciones al Ministerio de Hacienda y es un auténtico monumento al centralismo. No se puede olvidar que el presupuesto del Sistema General de Regalías para el bienio 2025-2026 es de $30,9 billones, lo que equivale aproximadamente a 1,7% del Producto Interno Bruto, recursos que provienen principalmente de la explotación de recursos naturales no renovables, como el petróleo y el gas. Debe haber un revolcón con conocimiento de causa.