El gran impacto de apagar las luces una hora

No es un ahorro en sí mismo, se trata de un gesto con el medio ambiente y un alto en el camino para mirar cómo vivimos

La iniciativa de apagar las luces durante una hora comenzó hace cinco años en Australia promovida por la organización no gubernamental, World Wildlife Fund for Nature. Desde hace tres años es una jornada que se realiza en casi todos los países del mundo y en la que participan activamente cerca de dos mil millones de personas. No se trata de buscar un ahorro masivo de energía ni de protestar por los altos precios de este servicio público; se busca que la gente tenga conciencia de que ese preciado bien tiene costos para el Planeta y que el frenético desarrollo de países industrializados y emergentes han llevado al consumo voraz de recursos naturales para satisfacer la demanda energética de las ciudades.

Es un gesto de transformación, es como sacar una bandera blanca y ondearla en medio de un conflicto. En Colombia hemos sido líderes globales de iniciativas de este calibre, por ejemplo, el día sin carro institucionalizado hace más de una década y en el que una ciudad de cerca de diez millones de habitantes decide deliberadamente usar el transporte público dejando los automóviles parados durante una jornada de trabajo. Es una manifestación sana que tiene muchos detractores que argumentan cosas tan simplonas como que el ahorro no es muy significativo, que se aumenta el riesgo de inseguridad y hasta que las bajas ventas del comercio caerán y generarán desempleo.

No todo se debe medir a través de cantidades de  dinero. Hay gestos que tienen más valor que unos cuántos millones de pesos que puedan ganarse o perderse durante una hora, y al igual que el día sin carro, el gesto de apagar las luces es una lección de vida para las generaciones futuras, es una enseñanza de que las cosas pueden cambiar para el bien de nuestro gran hogar que es el Planeta en el que coexistimos con otras especies que están en peligro de extinción. Ya varios gobiernos de países trabajan con sus corporaciones para que estas lideren una economía más responsable con el ambiente construyendo mecanismos innovadores de reutilización de bienes y servicios; aprovechando los recursos naturales de manera responsable y preocupándose por el espacio vital de generaciones futuras.

Ojalá el último sábado de marzo de cada año en el que el "apagón voluntario" llama la atención sobre el irracional consumo de energía a costa de la destrucción de la naturaleza, se convierta en el comienzo de políticas globales que frenen el cambio climático y las emisiones contaminantes. Hay que reducir las emisiones de CO2; empezar a ahorrar energía, agua, proteger los bosques y reducir la contaminación lumínica para que otras generaciones tengan un planeta mejor más consciente de que los recursos naturales se agotan.