El precio del café se pone amargo

Como cada año los buenos precios no le duran a los cafeteros y desde ya los productores hacen pliego de peticiones al nuevo gobierno de Iván Duque

EditorialLR

El ADN de los agricultores colombianos es casi el mismo, independientemente del cultivo al que se dediquen. El rasgo distintivo tiene que ver con la permanente petición al gobierno de turno de los subsidios que les permitan ser competitivos en los mercados internacionales y sobrevivir. Los subsidios muchas veces son directos, resultado de buenas gestiones gremiales; otros, en cambio, son indirectos u ocultos, que se camuflan con alza de aranceles a productos de otros países. Y no hay distinciones en el agro, eso sucede con todos los cereales y otros productos más emblemáticos como el café, que ya ha enfilado todas sus baterías para conseguir de la administración Duque una ampliación de subsidios directos para sobrevivir la época de vacas flacas que se avecina.

La producción cafetera nacional casi llega a 14,5 millones de sacos, un monto que logra luego de dos grandes cosechas, más o menos de siete millones cada una, la primera en marzo. La segunda en octubre, esta última puede ser ligeramente mayor. Esa tendencia se ha mantenido durante casi todo el último lustro, lo que envía el mensaje de bien en volumen y mal en precios. Durante los primeros meses del año los precios cayeron más de 4%, de acuerdo con datos de la Federación Nacional de Cafeteros, que reseñan que el valor de la variedad suave colombiana pasó de unos US$1,43 en enero a US$1,38 en promedio en junio, un valor que descuadra las cuentas de los cafeteros que enfrentan un alza en sus costos sin precedentes apalancados en los fertilizantes y la mano de obra que suben sin parar.

Aunque los caficultores han logrado balancear los menores precios con mejores producciones, lo cierto es que hace ocho años, cuando el presidente Juan Manuel Santos llegaba a la Casa de Nariño, los precios internacionales para la variedad colombiana del grano bordeaban los US$1,6 por libra. Con una caída cercana a 40% en el precio del producto en un periodo inferior a una década, es muy difícil que un sector siga pujante. Además, si afuera llueve, acá no escampa. Ya parecen lejanas las épocas en las que se pagaban $800.000 por la carga de café (hasta $1 millón se llegó a pagar en noviembre de 2016), y la realidad hoy muestra que al productor solo se le dan unos $750.000 por cada 125 kilos del grano. Con todo esto, no es de extrañar que el presidente de la Federación de Cafeteros, Roberto Vélez, esté repitiendo hasta el cansancio que actualmente los caficultores están produciendo a pérdida.

Ahora, lo que se viene con el cambio de Gobierno es una especie de negociación, en la que los caficultores pedirán, seguramente, además de los acostumbrados subsidios, facilidades en el acceso al crédito -sino condonación de las deudas existentes-, y hasta pueden llegar a pedir algún precio interno base, fijado y/o completado por el Ejecutivo. Esas pueden ser medidas para ayudar a pasar la tormenta de los cafeteros, pero lo que tienen que pedir realmente los representantes gremiales es que se continúe con el programa de renovación de los cultivos, que se creen facilidades o modalidades especiales para atraer mano de obra campesina a las plantaciones de café y que el Gobierno ayude a generar las condiciones de acceso del café colombiano a los mercados internacionales para bajar sus costos de producción, mejorar su competitividad y depender menos de factores incontrolables como el precio internacional o la tasa de cambio.

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