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El retrato del viejo continente en Davos

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en su discurso ante empresarios y políticos en el Foro Económico Mundial, ha retratado una Europa de hoy más inactiva y muy envejecida

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Diario La República · El retrato del viejo continente en Davos

El presidente de EE.UU., Donald Trump, habló por más de una hora ante los empresarios y políticos asistentes al Foro Económico Mundial, en Davos. Unas palabras muy esperadas ante un auditorio poderoso de unas 700 personas, entre quienes se encontraba la alta gerencia de los fondos de inversión de mayor músculo financiero.

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Pero si bien fueron palabras que marcarán como hierros calientes el futuro de la política europea, más sonoras fueron las palabras del primer ministro de Canadá, Mark Carney, quien profetizó que el “viejo orden mundial no volverá” e instó a las demás potencias medianas a unirse. “Las potencias medianas deben actuar conjuntamente, si no estamos en la mesa de negociaciones, seremos el plato principal (...) Las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como arma, aranceles como herramienta de presión, la infraestructura financiera como medio de coerción y las cadenas de suministro como vulnerabilidades que deben explotarse (...) Sabíamos que la narrativa sobre el orden basado en normas era parcialmente falsa; que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor según la identidad del acusado y la víctima”.

Palabras que le han dado la vuelta al mundo, aunque no han logrado nada político, pues no es de esperar que los canadienses puedan actuar al lado de Europa en la distancia que ha sembrado Trump, desde que puso sobre la mesa su interés para que la isla danesa de Groenlandia sea un territorio asociado a los Estados Unidos, tal como sucedió hace siglos con Luisiana, Alaska o Texas.

No se puede olvidar que el presidente de EE.UU. siempre se refiere a Canadá como el estado número 51 de la Unión, un gran país en riqueza y territorio, pero unido por el mercado con el motor de la economía mundial.

Las palabras de Trump sobre el futuro de Europa son lapidarias entre alabanzas y burlas: criticó el número de migrantes y la cultura por las energías renovables, como la eólica y la solar, al tiempo que advirtió que la economía y la seguridad europea se derrumbarían sin el apoyo estadounidense. Es evidente que Europa, a través del proyecto de la Unión Europea (hace una década se salió Gran Bretaña), ha alcanzado un nivel de vida superior al de muchas regiones del mundo, progreso y desarrollo con efectos colaterales, como ver envejecer su población, llenarse de inmigrantes y perder el fuelle de la tecnología y la innovación.

Lo de llamarse el viejo continente se ha vuelto literal y las necesidades de mano de obra, competitividad, productividad y seguridad se han tornado asuntos de sobrevivencia, poniendo en jaque sus riquezas naturales, tal como sucede con Groenlandia.

Europa debe repensar sus relaciones con las nuevas tres grandes potencias que se disputan el poder global: Rusia, China y Estados Unidos, una suerte de nueva guerra fría en la que los mercados, las migraciones y las nuevas tecnologías determinarán la sobrevivencia de las viejas culturas. Claramente, el mundo ha entrado a un cambio de época que nunca debe confundirse con una época de cambio. Aún deben resonar las sentencias de Trump en el auditorio del Foro: “pueden elegir, pueden decir que sí y se lo agradeceremos mucho, o pueden decir que no. Lo recordaremos”.

La nueva obsesión de EE.UU. por Groenlandia puede tener más explicaciones de las que se exponen públicamente. De momento, el tema de la seguridad pareciese ser el que se ve, pero más cosas subyacentes deben existir.

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