El sueño de Arabia Saudita

Los mayores productores de petróleo quieren llevar el barril de crudo a los US$100, una cifra que pondría patas arriba la economía global

EditorialLR

Aramco es la empresa estatal petrolera de Arabia Saudita, un país que produce la tercera mayor cantidad de barriles diarios: 9,9 millones, solo superado por Rusia con 11,17 y EE.UU. Desde la primera reunión de la Opep en marzo pasado, las autoridades energéticas de ese país vaticinaron que el crudo subiría rápidamente sin mayores interrupciones en lo corrido del año, hasta un punto en el que los importadores europeos empezarían a obstaculizar las leyes de la oferta y la demanda, pero para entonces, el oro negro estaría entre un piso de US$80 y un techo de US$100 por barril. Ese sueño de los sauditas está a punto de hacerse realidad, pues la semana que arranca tiene en los mercados un WTI en US$74 y un Brent en US$79, dos cifras que hace pocas semanas eran impensables en un mercado frenético que tiene que ver más con política geoestratégica que con demanda de combustibles fósiles; claramente amenazados por otras fuentes alternativas.

A finales del año pasado, Arabia Saudí lideró la defensa de las medidas de la Opep de recortar la producción en 1,8 millones de barriles con el objetivo de impulsar los precios, todo con el interés subyacente de valorar la petrolera, Aramco, antes de la oferta pública de venta que tendrá lugar en 2019. Y durante ese juego de especulación global del crudo, países como Colombia -no pertenecientes al tradicional cartel petrolero- se han visto muy beneficiados por ese empuje para que los precios vuelvan a ser como los registrados entre 2002 y 2014, tiempo durante el cual se gozó de buenos ingresos producto del petróleo, pero mal utilizados por políticas públicas erráticas o perdidos en medio de la creciente ola de corrupción estatal que recorre al país.

Seguirle el juego a los sauditas puede ser peligroso porque si bien los petrolero-dependientes incrementan los ingresos, también se reduce la demanda de crudo y se estimula la producción de otros como Estados Unidos que ha encontrado en el shale una alternativa. El segundo semestre de 2018 que arranca esta semana tiene un panorama agridulce en lo que tiene que ver con el petróleo para Colombia, dado que siempre que se viene una minibonanza, como la que toca a las puertas, hay una disparada de precios de los combustibles reviviendo el fantasma de la inflación. Julio comienza con un panorama internacional enrarecido: sanciones de Estados Unidos contra Irán, más Canadá y Turquí ingresado a la guerra comercial de los aranceles del aluminio y el acero. El barril de petróleo Brent para entrega en agosto en el mercado de futuros de Londres está en US$79,44, más de 2% que el mes anterior, mientras que el WTI cotiza en US$74,15. En Colombia como en algunos países de la región, el valor del petróleo está íntimamente ligado a la tasa de cambio y cuando el crudo sube el dólar baja, perjudicando los ingresos por mayores exportaciones. No obstante, cada dólar de incremento en el precio del petróleo representa un año después ingresos fiscales por $350.000 millones, que no son una cosa distinta que mayores precios que hoy mejorarán los escenarios fiscales de 2019. Técnicamente la historia no se repite, pero el Nuevo Gobierno que se instala el próximo agosto debe saber enfrentar esta situación buena, pero incierta en términos de no repetir o no profundizar la Enfermedad Holandesa que vivimos la pasada década.

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