Empezar a hablar de natalidad
viernes, 25 de septiembre de 2026
Durante los primeros siete meses del año, la natalidad cambió de curso frente a lo registrado en los últimos cinco años, el problema sigue siendo grande en las pensiones
Editorial
Los nacimientos en todo el mundo experimentan un proceso de desaceleración. Esto se traduce en una notable caída en el ritmo de crecimiento de la población global, la cual ya supera los 8.000 millones de habitantes. En Colombia, esta tendencia es evidente desde 2017, año en que se interrumpió la curva de crecimiento constante para dar paso a un descenso que se ha acentuado con el tiempo.
No obstante, a la luz de las últimas cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), la tendencia parece revertirse levemente: entre enero y julio de este año, los nacimientos crecieron un 1,5%. Esto representa poco menos de 4.000 nuevos colombianos en comparación con el mismo periodo del año anterior. Los números específicos muestran 253.175 nuevos registros (3.776 nacimientos más), lo que equivale a un leve incremento que, sin embargo, no soluciona el problema de fondo. De los múltiples factores que amenazan el crecimiento económico, el envejecimiento de la población es uno de los que más preocupa a los expertos.
El crecimiento de un país radica en su recambio generacional: son los bebés que se convierten en niños los que dinamizan el sector educativo, para luego ser estudiantes universitarios, practicantes en las empresas, reclutas en las fuerzas militares y, eventualmente, jóvenes padres de familia. Estos últimos sostienen el sistema pensional mediante el ahorro y la cotización, una operación financiera que, generación tras generación, ha permitido que los jubilados gocen de un retiro digno.
El problema crítico para Colombia no es solo que los nacimientos han caído a tasas similares a las de los países desarrollados, sino que coincide con una diáspora de jóvenes que emigran en busca de mejores oportunidades. La combinación de ambos fenómenos constituye una verdadera amenaza para la viabilidad de muchos sectores económicos. Por ejemplo, las zonas rurales enfrentan una alarmante escasez de trabajadores para las labores del campo. Esto ocurre porque dichas actividades son mucho mejor remuneradas en destinos como EE.UU., España, Chile y México, los cuales atraen una mano de obra joven que difícilmente regresa a sus lugares de origen. Es innegable que ser campesino en Texas, California o Andalucía ofrece una mejor retribución económica y mayor seguridad que trabajar en el Eje Cafetero, el Valle del Cauca, Antioquia o la región Caribe.
Ante este escenario, el Gobierno debe enfrentar la disminución de la natalidad como una amenaza directa al modelo económico actual. Es urgente diseñar políticas públicas que incentiven la formación de nuevos hogares, especialmente en las regiones donde más se necesita mano de obra. Asimismo, la reducción de la precariedad laboral y social -tanto en el campo como en la ciudad- resulta determinante para retener a los jóvenes y motivarlos a construir familias.
Actualmente, en Colombia existen cerca de 20 millones de hogares con diversas estructuras. Muchos de ellos han decidido no tener hijos debido a los altos costos de crianza o a nuevas dinámicas y concepciones de familia. Sin embargo, el argumento más común es la incertidumbre frente al futuro, alimentada por el miedo a la violencia y la falta de continuidad en las políticas de los gobiernos locales, regionales y nacionales. Las instituciones públicas deben priorizar tanto la caída de la natalidad como la avalancha migratoria.
Este último punto es quizás el más complejo de solucionar, ya que el envejecimiento de las potencias desarrolladas actúa como un imán para los jóvenes colombianos, quienes ven en esas naciones ya construidas la garantía de un mejor futuro, seguridad, educación y, en definitiva, una mayor calidad de vida.