Editorial

Este empalme debe ser mucho más cuidadoso

El efecto político del cambio de gobierno se roba la minucia de cómo reciben y entregan la administración central, el actual empalme tiene especial interés en el corte de cuentas

Editorial

La Escuela Superior de Administración Pública define el empalme entre un gobierno saliente y otro entrante como un proceso público que da cuenta del estado de las cosas en relación con recursos administrativos, financieros, humanos y tecnológicos, así como de la situación en materia de desarrollo económico, social, político, cultural, ambiental, seguridad etc. Es un espacio de diálogo, interacción y comunicación entre los equipos de los gobernantes que entran y los que salen. Es un verdadero cruce de cuentas para saber a ciencia cierta, y con corte a una fecha determinada, sobre qué se prometió o se hizo y cuál es la verdadera situación de los avances sociales y económicos, además de cuánto costó.

Hay un marco jurídico reglado por la Contraloría General para llevar a cabo esta actividad, que pareciese ser una formalidad política, pero no, el empalme debe ser una tarea seria, máxime en este momento cuando hay un cambio de modelo económico en ciernes y que se van a nombrar más de 3.000 funcionarios de primer y segundo nivel como cabezas de instituciones fundamentales para el futuro del país. Serán muy pocos los funcionarios actuales que mantendrán sus cargos a lo largo de este año; algunos otros acudirán legalmente al final de sus contratos, pero la verdad sea dicha este cambio de Gobierno Nacional será una auténtica “madre de todos los despidos”, fruto de la pugnacidad de la pasada campaña presidencial y que poca continuidad parece dársele a muchas políticas públicas.

Hoy más que nunca el corte de cuentas de la gestión financiera, inversión pública, presupuestos, planeación estratégica, pero lo más importante, ejecuciones y el estado de las mismas, deben ser muy escrupulosas para evitar que ambos gobiernos, el entrante y el saliente, se enfrenten en el “estado de las cosas” y esto retrase todo lo avanzado hasta el momento. El empalme entre la administración Duque-Petro debe convertirse en una suerte de evaluación de políticas públicas, con cruce de presupuestos, para evaluar en el tiempo la efectividad del discurso político, pues lo que hoy se experimenta es un cambio de modelo que promete dar resultados, pero para medir su efectividad en el tiempo debe haberse dado un buen empalme que muestre el nivel de mejora y de las cosas que quedan por hacerse. En los empalmes de los gobiernos regionales y municipales es común escuchar frases como “recibimos la olla raspada”, “encontramos mucho desorden” o “las cosas no son como decían”; unos gritos de guerra política que se desvanecen solo en pocas semanas, pues en pocos meses, las administraciones entrantes están obligadas a empezar a dar resultados concretos para calmar las expectativas de los electores.

Sería mucho pedir a los responsables del empalme del Gobierno Nacional, pero Colombia es un país que necesita progreso, desarrollo y bienestar, más allá del color político y de las mezquindades de los gobernantes, por tanto, deben mantener muchas de las cosas que funcionan bien y han dado resultado disminuyendo la precariedad; hay políticas públicas que deben ser de Estado, como el desarrollo de la infraestructura, el mejoramiento de la atención en salud, la educación de calidad, la seguridad jurídica, propiedad privada y disminución de la pobreza. Y el hilo de los avances se encuentra en cada entidad en el empalme en curso.

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