Editorial

Hacer política con el valor de los préstamos

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No hay papel más fácil que hacer populismo en contra de los banqueros, por lo que es fácil caer en apoyar las llamadas inversiones forzosas sin medir las consecuencias

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Diario La República · Hacer política con el valor de los préstamos

Una de las frases contra los bancos y los banqueros más populares en el mundo occidental es una que se le atribuye a Mark Twain y que reza: “Un banquero es un tipo que te presta su paraguas cuando brilla el sol, pero lo quiere de vuelta en cuanto empieza a llover”. En el mundo empresarial, mas no en el financiero -por obvias razones-, “comer banqueros” es una de las actividades más populares y hasta divertidas: hay chistes para todos los gustos.

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Y en eso ha caído el Gobierno Nacional cuando sus funcionarios se han ido lanza en ristre contra el sector financiero colombiano, porque, a juicio de ellos, el Pacto por el Crédito no funcionó y se han sentido traicionados, tal como lo manifestó el mismo presidente en un reciente consejo de ministros. Si la administración nacional insiste en este momento en forzar préstamos baratos de los bancos a varios sectores, comete un error sin precedentes que puede sembrar la idea de que el dinero de los bancos es de los bancos y no de los cuentahabientes.

Es más, las inversiones forzosas existen desde hace mucho tiempo, pero no se ha medido con rigor su efectividad en la economía colombiana. Lo que debe haber es seguridad jurídica, crecimiento económico, orden público y formalización, entre otros valores, no meterle a la gente la idea de que el dinero de los bancos es regalado. Si avanza esta idea, se afectarían 38 millones de clientes que tienen sus ahorros en la banca. Debe haber un debate técnico, porque el mecanismo generaría menor rentabilidad de los depósitos y mayores tasas de interés.

Una de las principales consecuencias es que el crecimiento económico del país se reduciría 0,3 puntos porcentuales. Es una mala idea que afecta a los consumidores por el encarecimiento del crédito y, lo peor, es que no garantiza un mayor flujo de recursos hacia los sectores que el Gobierno busca impulsar. Edward Chancellor, en su libro El precio del tiempo (Deusto, 2024), plantea que los intereses no son solo indicadores financieros, sino un precio universal que regula la relación entre el presente y el futuro, y que “ignorar la ley natural del interés siempre desemboca en desastres sociales y económicos”.

El analista británico insiste en que “el interés es el precio del tiempo y el precio de la impaciencia”. Cuando este precio se suprime artificialmente -como ocurrió en las últimas dos décadas-, se rompe el equilibrio básico del capitalismo. El ahorro deja de ser recompensado, lo que desincentiva la acumulación de capital real y empuja a los ciudadanos hacia la especulación desesperada para no perder poder adquisitivo.

El dinero circulante en Colombia ha desarrollado en las dos últimas décadas un sinnúmero de nuevos negocios que rompen con la idea de que el Gobierno Nacional es el motor de la economía y dispone del dinero de todos a su antojo: un poder supremo que un buen día amanece exigiéndoles a los bancos a quién prestar y a qué tasas. Es una iniciativa peligrosa que puede desencadenar una desconfianza generalizada. Colombia es uno de los pocos países que ha logrado sortear crisis globales porque su sistema financiero está compuesto mayoritariamente por socios e inversionistas locales que apuestan por el país desde hace décadas y que no salen en estampida cuando sus casas matrices les exigen mayores márgenes.

Es un imperativo entender correctamente la relación entre bancos y cuentahabientes para evitar caer en cantos de sirena.

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