Editorial

Hay que recuperar el papel del DNP

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El nuevo gobierno debe empezar a hacer su plan de desarrollo y de paso reinventar al departamento nacional de planeación, entidad llena de politiqueros y pocos técnicos

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Diario La República · Hay que recuperar el papel del DNP

El Departamento Nacional de Planeación fue creado en 1958, al mismo tiempo que nació el Consejo Nacional de Política Económica y Planeación. Ambas instancias gubernamentales resultaban fundamentales para el desarrollo del país. Como iniciativas, fueron innovadoras y pertinentes para su época; sin embargo, con el paso de los años se desdibujaron en medio de la burocracia, la corrupción y la falta de gestión que ha caracterizado a numerosas administraciones.

En 1970 se avanzó en la hoja de ruta de cada gobernante mediante el Plan de Desarrollo, un instrumento legal encargado de definir los objetivos y prioridades gubernamentales para un período de cuatro años. Esto representó un enorme avance para la nación. A pesar de ello, la misión original del DNP comenzó a desviarse a partir del año 2000, cuando se le asignó la coordinación del Sistema General de Regalías para distribuir recursos de inversión entre departamentos y municipios. Más adelante, en 2011, se le encomendó desarrollar el Sistema Nacional de Competitividad, Productividad e Innovación, una iniciativa cuyos resultados han sido limitados.

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En resumidas cuentas, la institución encargada de planear a largo plazo la visión de cada gobierno perdió su horizonte. Se convirtió en una oficina dedicada a atender alcaldes, gobernadores, representantes y senadores que buscan recursos de regalías para sus regiones. El DNP, que debería ser la entidad encargada de descentralizar el país, terminó transformado en una oficina burocrática en el centro de Bogotá que centraliza incluso la administración de las regalías derivadas de la explotación de recursos naturales no renovables.

De ser una entidad respetada por su rigor técnico y su capacidad de planeación, pasó a convertirse en un fortín político donde se ubica a recomendados de la política tradicional. En los últimos años ha sido una institución ausente de los grandes debates económicos, incapaz de convertir el Plan Nacional de Desarrollo en el eje articulador del gobierno de turno. Trabaja poco o nada con entidades como el Banco de la República, el Dane o las universidades para estudiar los principales problemas nacionales y desarrollar soluciones orientadas a reducir la informalidad, comprender las economías subterráneas o analizar cómo la falta de competitividad regional está asociada al rezago en infraestructura.

El DNP solo es noticia durante los primeros 120 días de cada gobierno, cuando se elabora el Plan de Desarrollo que debería servir como hoja de ruta e incluso ser vinculante en materia de obras concretas. Es un imperativo para Abelardo De La Espriella reclutar a un profesional idóneo que construya el plan de su cuatrienio y presente una propuesta para devolverle a Planeación Nacional la esencia de lo que alguna vez fue. Se trata de una entidad vital, pero profundamente centralista, capturada por politiqueros o tecnócratas sin resultados.

De cara a 2030, debe transformarse en una organización ágil en el pensamiento y eficaz en la ejecución. Es necesario retirarle el manejo de los recursos de regalías, un foco permanente de corrupción e ineficiencia. No es justo que, en medio de tantas precariedades y de un déficit fiscal tan elevado, esos recursos continúen represados o distribuidos a cuentagotas por funcionarios con intereses políticos.

El DNP no es un ministerio ni independiente como el Emisor; debería parecerse más al Dane, aunque con mayores herramientas para la ejecución. A su dirección debe llegar un técnico sin más aspiraciones que pensar en el futuro de Colombia y en las grandes obras que el país necesita.

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