La convidada de piedra de los candidatos

Combatir la pobreza no solo es un deber de los gobiernos, sino una política de Estado que trasciende los gobiernos de turno

EditorialLR

Nunca antes en la historia económica del país, la llamada pobreza monetaria de los colombianos había estado en niveles de 27%, una cifra que se ha ido rebajando de manera sostenida durante los últimos años, en 2009 el porcentaje ascendía a 40%, uno de los más altos de la región. Eso quiere decir que menos de 30 de cada 100 colombianos están por debajo de la línea de más baja de ingresos monetarios, pero si se mide bajo la lupa multidimensional (cubrimiento de salud, vivienda, educación, etc.) las cosas mejoran mucho más y la pobreza general baja hasta 17%.

El problema no es el comportamiento de la estadística, ni mucho menos su tendencia, es que la gente le crea a los datos oficiales y los entienda. El gran lunar social de la percepción económica de un país como Colombia, tiene que ver con la desigualdad social, la que se mide bajo el parámetro del Coeficiente Gini, que es muy difícil bajarlo del crónico 0,53 puntos, en donde 1 es absolutamente desigual y 0 representa una redistribución total. No es fácil la lucha contra la pobreza, pues tiene que ver con conceptos culturales como los anhelos y las aspiraciones, pero sobre todo que se descansa en el asistencialismo.

Colombia debe romper la tragedia económica y obligar a los mandatarios de turno para que desarrollen políticas públicas eficaces que prioricen la educación como pilar del desarrollo futuro, en detrimento de la pobreza monetaria. Está claro que un padre de familia o una madre cabeza de familia, con un trabajo formal, facilita que los niños asistan a los colegios en condiciones de vivienda, alimentación y salud, y rompan con la trampa de la falta de preparación. La pobreza monetaria es importante porque mide los ingresos de las personas en función del poder adquisitivo para comprar una canasta básica, pero más importante es que las personas satisfagan las necesidades básicas.

El otro punto de vista es que Colombia es un país de regiones muy desiguales. El suroccidente, marcado por la larga franja del Océano Pacífico, está sumido en la pobreza absoluta, en donde la medición monetaria no aplica y mucho menos se ven avances en términos multidimensionales; esa realidad se difumina cuando se mezcla con regiones como centro oriente, en donde la calidad de vida mejora notablemente. Es un deber que los gobernantes nacionales, regionales y locales tengan planes localizados para sacar a más colombianos de la pobreza, pues estadísticamente no se puede generalizar, los buenos datos que arrastra Bogotá, Medellín o Bucaramanga pueden opacar o hacer invisibles la pobreza absoluta de Quibdó o Riohacha.

El panorama electoral que se avecina para mayo, cuando los candidatos presidenciales presenten a fondo sus propuestas económicas, la lucha contra la pobreza será un asunto obligado, pero no solo expresado en propuestas populistas sino reales y muy enfocadas a las regiones, pues insistimos que no es lo mismo ser pobre en Guapi, Cauca, que en Envigado, Antioquia. Las estrategias contra la pobreza deben ser orientadas a la multidimensionalidad y no a lo monetario, pues es mejor abordar el problema desde el reto generacional y no temporal. Ojalá los candidatos tengan propuestas o ideas novedosas frente al asuntos que ha condenado varias generaciones al subdesarrollo. De ese 27% de colombianos en pobreza monetaria hay que bajar a que sea de un solo dígito, tal como ocurre en algunos similares. Esa debe ser la meta y obvio trabajar en bajar igual la tasa de desigualdad.

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