La historia que inició el 15 de mayo de 2012

El TLC con Estados Unidos tiene muchas aristas que aún cortan, pero que bien pulidas pueden catapultar la economía local a la globalización

EditorialLR

El 18 de noviembre de 2003 empezó la negociación del tratado de libre comercio con Estados Unidos, el 22 de noviembre de 2006 se hizo la firma oficial, para entrar en vigencia el 15 de mayo de 2012. Han pasado muchos años desde que la economía colombiana era fuertemente sensibilizada por los gremios económicos sobre las oportunidades que ofrecía la firma de un TLC con el motor de la economía mundial. Por esos años nadie dudaba sobre los beneficios económicos prometidos y el aporte real al PIB que tendría esa apertura de mercados, al punto que con el paso de los años se asistía con frenesí a otras firmas de los mismos tratados con más países y regiones, en una procesión comercial que aún no ha producido los resultados esperados ni prometidos desde entonces. Las exportaciones de Colombia siguen siendo las mismas (en términos de productos) del país económico de 2003, 2006 y 2012: petróleo, carbón, café, banano y algunos otros pequeños no tradicionales que poco o nada han mostrado su cara y fortaleza en mercados externos.

No es un buen balance. Aún no llegan los ríos de miel que se prometieron. La balanza comercial entre los dos países siempre ha sido deficitaria para Colombia, importamos mucho más de los que exportamos: a comienzos de 2000 vendíamos US$6.520 millones, ahora la cifra es de US$10.550 millones, no hubo cambios bruscos.
Hasta ahora el TLC con Estados Unidos solo ha permitido tímidos avances diplomáticos y diálogos de alto nivel de bajo impacto (derechos humanos, energía, protección ambiental), pero de grandes negocios muy poco. Las nuevas inversiones y el fomento de actividades económicas binacionales han brillado por su ausencia porque los gobiernos de turno y los empresarios han sido tímidos y no le han hecho seguimiento eficiente al TLC. Los ministros de Comercio nunca elaboraron una política de Estado que le permitiera a los empresarios crecer en Estados Unidos y que acá llegaran las inversiones de las grandes corporaciones que producirían más barato en la mejor esquina de Suramérica. El vaivén de los precios petroleros, la consecuente revaluación del peso, la falta de continuidad en las misiones diplomáticas y comerciales han hecho que el TLC no pase de un canto a la bandera. Al mirar con retrovisor la Colombia de principio de siglo XXI, las preferencias unilaterales que representaba el Atpdea fueron más eficaces para ellos y para nosotros, pues ofrecían compensaciones reales por la lucha contra el narcotráfico, problema que sigue siendo el que más les preocupa a los estadounidenses de la relación con Colombia, no podemos olvidar que al gobierno republicano le atormentan las casi 200.000 hectáreas de coca que hay en el país.

No puede ser que a la economía colombiana le haya quedado grande el TLC con Estados Unidos por las razones que sean. Solo han pasado seis años y los resultados no son los esperados, pero pueden mejorar con un nuevo gobierno enfocado en el crecimiento. Las explicaciones son muy variadas, desde la falta de seguimiento en políticas públicas por parte de los políticos y funcionarios de turno, hasta el escepticismo de los mismos empresarios que ven en el mercado local su única razón de ser, además de que la mayoría siempre busca ser competitivo solo con tasa de cambio. El TLC con Estados Unidos necesita un buen segundo tiempo, pasar a otro nivel en la relación que representa verdaderos beneficios para el país.

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