Editorial

La lápida del impuesto al patrimonio

Gráfico LR

Inaudito que las empresas solo cuenten con menos de 10 días para generar liquidez y cancelar el primer 50% del nuevo gravamen que manda al traste la planificación tributaria

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Diario La República · La lápida del impuesto al patrimonio

Una de las mil maneras que ha usado el Gobierno Nacional para ponerles más impuestos a las empresas es declarando la emergencia económica, que manda al traste la planificación tributaria del sector productivo, que ya es una de las más altas y desordenadas de las 40 principales economías del mundo. Claro que los desastres ocasionados por las lluvias de comienzo de año, en dos o tres departamentos, son una auténtica tragedia que era difícil de prever, pero aplicar unos decretos que buscan billones de pesos para sortear el acontecimiento no solo es desproporcionado, sino inoportuno.

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Al Ministerio de Hacienda se le han caído todas sus ideas de financiamiento, por varias razones, entre ellas la falta de concertación con los gremios de la producción y con el Congreso de la República; entonces, al Ejecutivo se le ha ocurrido que las lluvias son la mejor exposición de motivos para gravar más a los mismos de siempre: las empresas, que soportan una carga tributaria superior a 70% y, en algunos sectores, a 80%. El impuesto al patrimonio es un gravamen que afecta directamente al sector empresarial, que genera más de cuatro millones de empleos formales; no hay caja para cumplir en el corto plazo con esta emergencia; endeudarse para pagar impuestos es lo peor que le puede pasar a una empresa, y esto sucede porque se cambian las reglas de juego.

Durante los tres o cuatro últimos años nunca se presentó un plan de crecimiento económico, de incentivos para generar más empleos formales, para aumentar las exportaciones o para que las empresas crecieran las inversiones en varias regiones necesitadas del país, pero con oportunidades; han sido unos años de gran sequía de políticas públicas en pos del desarrollo, en cambio leoninas contra los empleados de nómina formal y los generadores de empleo. Todos los jefes de las carteras de Hacienda y de Comercio no se han movido en favor de la formalización y el apoyo a las empresas, pues el sector productivo es considerado una suerte de contraparte, percepción errada solo presente en países como Cuba o Nicaragua.

Un país se construye entre todos los sectores en pos del máximo bienestar; no es viable que el sector público vea en las empresas un actor contrario a sus propósitos. Es simple: el sector estatal es un agente pasivo en materia tributaria, incomparable con la carga tributaria del privado; no obstante, cobra contribuciones sin mayores modelos de negocios para hacer crecer lo público, sin dar incentivos a las inversiones que desarrollan el país.

El impuesto al patrimonio vulnera los principios de equidad y progresividad plasmados en el artículo 363 de la Constitución Política, pues imponer una tarifa de 1,6% a los sectores financiero y extractivo constituye un castigo a la inversión, que son los componentes más débiles del PIB. En estos momentos, avanzar con el impuesto al patrimonio para las empresas es ponerles una lápida a su gestión, en unos años que no han sido buenos para la gestión empresarial, no solo por la carga tributaria, sino por la débil generación de empleos formales y el bajo recaudo.

Es clave que los candidatos a la Presidencia observen esta situación y vean que la carga tributaria está mal equilibrada y que, en materia de impuestos, menos es más; hacer que las empresas paguen menos es ayudarlas a invertir y a crecer orgánicamente, dando trabajo formal y planeando su tributación; es una manera de bajar la evasión y acabar con la elusión.

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