Las cámaras no se pueden corromper

Las cámaras de comercio son vitales para los empresarios y un manto de duda sobre su gestión y desempeño sería fatal

Al lado de alcaldías, gobernaciones y agremiaciones empresariales se encuentran las cámaras de comercio, como organizaciones y entidades vivas locales y regionales que actúan como órganos rectores del futuro económico de las ciudades y los departamentos. Y por sí solas, las cámaras de comercio gozan de prestigio histórico, respeto y admiración, valores que por estos días se encuentran amenazados por las movidas políticas que realizan algunos interesados para legitimar a los actuales directivos o para desbancarlos porque se han atornillado a sus cargos, según sea el caso.

El país económico, el Gobierno Nacional, las alcaldías y las gobernaciones no pueden permitir que un manto de duda caiga sobre la gestión de las cámaras de comercio que han sido históricamente  una de las piedras angulares de la economía local y regional. Pero lo más importante a evitar en este momento, es que se desate una rapiña por los millonarios recursos que manejan.

A estas corporaciones no les puede caer la roya de la corrupción que se ha apoderado de las otras entidades y organizaciones que velan por el desarrollo de los departamentos y municipios. Hasta ahora han sido instituciones translúcidas que velan por los intereses de los empresarios agremiados y por el entorno en donde tienen sus negocios, ese par de objetivos no pueden perderse y terminar como las corporaciones autónomas regionales en manos de empresarios y políticos inescrupulosos.

Las cámaras de comercio no son feudos personales y algunas necesitan de una urgente renovación, pues se han convertido en un `parapoder` en varias de las ciudades más importantes del país. Y cuando se enquistan esos poderes, empiezan a aparecer situaciones como las denunciadas recientemente de grave corrupción, como es crear registros ficticios para acceder a las juntas y a los cuerpos directivos. Se sabe que en muchas ciudades las cámaras de comercio con el poder en la sombra de los gobernantes locales y que detrás de ese poder están empresarios que han sabido mantener su hegemonía en silencio.

La Superintendencia de Industria y Comercio debe estar atenta a desenmarañar los actos de corrupción que se están presentando en las cámaras de comercio, pero no dejarlos en el limbo de una simple denuncia generalista y sin consecuencias. Debe llegar a identificar a los responsables de querer ensuciar el buen nombre de las cámaras de comercio, que a su vez no pueden dejarse asociar con los males de las CAR, los concejos y las asambleas. No todas estas instituciones están capturadas por la corrupción e intereses personalistas, pero las que bien funcionan pueden pagar con su buena imagen y eficiente gestión empresarial.