Editorial

Las embajadas son un servicio no un regalo

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El país ha cambiado y hay una autentica diáspora de colombianos al exterior, situación que obliga a los embajadores a pensar más en el servicio público que en el puesto

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Diario La República · Las embajadas son un servicio, no un regalo

El presidente electo, Abelardo de la Espriella, repitió durante su campaña a la Casa de Nariño que reduciría el Estado para equilibrar el enorme déficit fiscal que le heredará Gustavo Petro. Este déficit, cercano a 6%, es muy similar al registrado durante la pandemia, cuando llegó a 8%. No se puede olvidar que la regla fiscal apuntaba a 2% para que la economía colombiana recuperara el grado de inversión, el endeudamiento fuera más barato y las finanzas públicas pudieran cubrir sus obligaciones sin tener que acudir a injustas reformas tributarias que siempre terminan pagando los empleados formales y los empresarios.

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De La Espriella habló de reducir el número de ministerios, agencias y otras oficinas que no ejecutan sus presupuestos, albergan centenares de empleados y, sobre todo, son ineficientes. En varias ocasiones, el nuevo gobierno nacional se refirió a la optimización de las misiones en el exterior, pues Colombia cuenta con 73 representaciones diplomáticas. En ciudades como Nueva York, Washington o Roma existe más de un representante de los colombianos ante distintas organizaciones internacionales. Hay que empezar por allí si realmente se quiere construir un Estado más austero.

Muchas embajadas en países históricamente vinculados con la realidad nacional cuentan con un embajador nombrado por el presidente de turno y hasta tres funcionarios de carrera diplomática que ganan salarios altos y cuyos arrendamientos son asumidos por el fisco colombiano. El costo de una embajada en algunas de las ciudades más importantes de Europa puede superar los US$500.000 mensuales, sin que ningún canciller se haya sentado hasta ahora a diseñar un plan de reducción de costos, tal como lo prometió el mandatario electo.

Por ejemplo, hay duplicidad de funciones entre los representantes de Procolombia en el exterior y los agregados comerciales de las embajadas. Incluso, en varios países ambas entidades alquilan oficinas a pocas calles de distancia, sin ponerse de acuerdo para despachar desde una sola sede o fusionar los cargos públicos. La Cancillería y Procolombia no pueden seguir siendo entidades que entregan embajadas o representaciones como una cortesía del presidente de turno. Deben convertirlas en verdaderas oficinas que les abran las puertas a los empresarios en los mercados externos e impulsen a los exportadores radicados en las diferentes ciudades colombianas.

Ante todo, deben ser dependencias ocupadas por personas que presten servicios oficiales a los millones de connacionales que han abandonado el país por diferentes razones. Oficialmente, se desconoce el número exacto de colombianos radicados en Estados Unidos, España, Panamá o Chile, los países desde donde más remesas se envían al mercado local. Lo más probable es que los embajadores en esos destinos deban demostrar una gran probidad en sus funciones: necesitan saber a ciencia cierta cuántos colombianos tienen negocios, envían remesas y, por supuesto, cuántos compatriotas están privados de la libertad.

De La Espriella tiene la gran oportunidad de evitar las prácticas de su antecesor, quien nombró a personas no idóneas para desempeñarse como embajadores en países cruciales para el comercio local. No debe caer en el error de usar las delegaciones como premios políticos, sino convertirlas en oficinas de servicios para que la economía se enfoque en los mercados externos. Llegó el momento de llevar el servicio diplomático a otro nivel.

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