Editorial

Lo importante es acabar la coca, no el retrovisor

Colombia sigue navegando en cultivos de coca a pesar del esfuerzo del Gobierno, lo clave ahora es tener un plan efectivo, más que seguir en la patria boba de cuáles fueron las causas

Editorial

En el Departamento del Cauca ya han resucitado tres columnas móviles de disidentes de las Farc, quienes curiosamente no extorsionan, no secuestran, sino que recuperan espacios perdidos haciendo gala o intimidando con nuevo armamento, vehículos modernos y mucho dinero en efectivo. Es una película que se repite en varias zonas cocaleras del país que hacen parte de las 175.000 hectáreas que denuncia la ONU que hay sembradas y que mueven una caja de $6 billones cada año en cocaína. Es una nueva realidad preocupante que no emergió de un momento a otro ni que aparece por generación espontánea, es producto de varios años de olvido del Estado en varias regiones que se convirtieron en el “viejo oeste” antes, durante y después del proceso de paz que nunca consiguió que las fuerzas militares ocuparan esos espacios, ni mucho menos se hicieron las inversiones en infraestructura que dotara a las regiones cocaleras de carreteras, colegios, hospitales, distritos de riego e internet.

De nada vale mirar el retrovisor y echarle la culpa al Gobierno pasado o al proceso de paz; lo importante ahora es ponerle un torniquete urgente que pare el flujo de dinero a las bandas criminales y a la reorganización de los incombustibles grupos guerrilleros que han mantenido al país en un estado de conflicto sin solución. La noticia para el mundo es que Colombia concentra 70% de la producción y exportación de cocaína del mundo; un altísimo porcentaje resultado de una simple ecuación matemática: una hectárea produce 5,6 toneladas de hoja de coca; cada hectárea aporta 8,2 kilos de cocaína y cada kilo vale en los mercados locales del producto unos $4,4 millones en promedio. Ejemplo simple que si se reemplaza con las cifras de 174.000 hectáreas, que producen 1.379 toneladas, arrojan la inimaginable cifra de $6 billones, lo que valdría la cosecha anual de este producto que puede seguir desestabilizando al país. Es dinero suficiente para capturar al Estado y nuevamente poner a las instituciones como rehenes de los mafiosos.

Es absolutamente urgente tener un plan a largo plazo que erradique los cultivos de coca, rescate a las zonas cocaleras del olvido, evite la reorganización de las disidencias y, sobre todo, impida que muchos políticos sigan financiándose con estos dineros. Colombia no puede volver a los años 90, ni mucho menos debe caer una suerte de nueva “Patria boba” que enfrente gobiernos en un sinfín de “quién tuvo la culpa”, pues si ese tira y afloje continúa las bandas criminales y sus socios seguirán poniendo las condiciones. Es fácil decirlo, pero muy complicado aplicarlo: hay que organizar un frente común que erradique los cultivos en una combinación de fórmulas que incluya las fumigaciones, expropiaciones de terrenos dedicados a tal fin, la erradicación manual y voluntaria, pero que sobre todo le envíe un mensaje al mundo de que Colombia como una unidad está trabajando para solucionar la oferta de coca que desde estas tierras ponemos en un mercado que tiene su propia oferta.

Si bien las cultivos no disminuyen en proporciones adecuadas, es un alivio que el problema ya está sobre la mesa. Estados Unidos sigue diciendo que los niveles actuales siguen siendo de los más altos en toda la historia y todavía muy lejos de los niveles de 2012 y 2013 cuando se logró reducir los cultivos a solo 48.000 hectáreas. Toda una tarea complicada por emprender.

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