Los coletazos de la crisis de Hidroituango

El país económico no quiere repetir -ni nadie racional- la experiencia del apagón de Gaviria y si no apuran las energías renovables, habrá líos

EditorialLR

Por fortuna la crisis sucedida en Hidroituango se empieza a conjurar y cada vez es menor el riesgo a que todo el proyecto colapse. En hora buena a los miles de trabajadores del Consorcio CCC, a la Gobernación de Antioquia, a la Alcaldía de Medellín y a EPM, que han demostrado su tesón y han hecho que la alerta roja se desvanezca y que se pase la página de la tristeza y la desolación, para llegar a otra no menos difícil que es la puesta en marcha, cuanto antes, del macro proyecto neurálgico para el país, pues nadie racional quiere volver a vivir el annus horribilis del apagón energético sucedido entre el 2 de mayo de 1992 y el 7 de febrero de 1993 provocado por el fenómeno de El Niño, que ocasionó sequías afectando el nivel de los embalses generadores de la energía hidroeléctrica y generó una crisis muy profunda en todas las empresas de servicios públicos del Estado, el cual no tuvo una opción distinta de crear o desarrollar un verdadero sistema de interconexión, más hidroeléctricas y una red de plantas generadoras a partir de combustibles como el carbón, Acpm y hasta gasolina. Fue un período difícil, pero del cual salió fortalecido el sector que hoy se cuenta entre los más preparados de la región.

Colombia es un país equilibrado en algunos períodos, pues consume cada año unos 66.894 gigavatios de electricidad y tiene una capacidad de producir 66.666, todo mediante un sistema interconectado organizado por un sofisticado mercado en el que intervienen generadores y consumidores, y regulado por una autoridad que vela por los precios y por la buena distribución, de tal manera que no haya posiciones dominantes y que no se recargue de demanda o de producción. Así las opiniones sean contrarias en estos días de gran convulsión, es un sistema muy sofisticado y moderno que ha sido copiado incluso por otros países. Eso ha llevado a que los jugadores de músculo financiero que intervienen en el mercado se metan en inversiones del tamaño de Hidroituango o El Quimbo; proyectos vitales para el país y que de una u otra manera sorprenden al sector a nivel regional. Ahora bien, Colombia se ha metido en un cuento muy vanguardista de ir más allá y empezar a reemplazar fuentes tradicionales de energía altamente contaminantes por otras más limpias, y sea esta la oportunidad, para reclamar que las hidro también pertenecen a la categoría de energías renovables porque hay una tendencia en el mercado local para hacer creer que las hidroeléctricas tienen una huella de carbono mucho más alta que la solar o la eólica, un debate que hay que darlo y que es fundamental hacerlo ahora que los ánimos están alborotados.

Desarrollar nuevas fuentes de energía es un imperativo para el país económico, pero más para el país ambiental, así los dos frentes vayan de la mano. La crisis de Hidroituango ha vuelto a poner los focos sobre un sector que tiene grandes jugadores locales e internacionales: Celsia, del Grupo Empresarial Antioqueño; Isagén, de Brookfield; Emgesa, de Enel; y EPM, de la Alcaldía de Medellín, entre otros. Todo un gran portafolio de empresas expertas en estos asuntos que deberán convencer a los empresarios que no solo están preparados para afrontar los retos energéticos de nuestro mercado, sino de tener la capacidad de exportar este preciado servicio público. Ojalá se aprenda en medio de la crisis y el país eléctrico siga creciendo por el bien de todos.

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