Los TLC sí, pero con estrategia de beneficios

Seis años del TLC con EE.UU. y los beneficios advertidos en su momento nada que llegan, mucha política y pocos negocios.

EditorialLR

La próxima semana, el 15 de mayo, se cumplirán los primeros seis años de haberse firmado con bombos y platillos el tratado de libre comercio entre Colombia y Estados Unidos. El aniversario llegará en medio de la reciente polémica por los aranceles de 25% y de 10% a las importaciones de acero y aluminio impuestos recientemente y de manera unilateral por la Casa Blanca. Pero más allá de la guerra comercial desatada por Trump, contra su archienemigo comercial chino y los coletazos de este conflicto, está la reflexión profunda sobre la firma de tratados de libre comercio de Colombia con más de una docena de regiones o países y lo poco o nada que le ha servido esta política comercial al país y que fue justificada, hace más de un lustro, como la panacea del desarrollo económico, argumentos que poco o nada se han cumplido con el paso de los años. Es un hecho que Colombia llegó muy tarde al mercado de Estados Unidos y que cuando lo hizo, países como Perú, México o los pequeños centroamericanos ya lo habían hecho y ocupado renglones económicos en los que nosotros hubiésemos podido ser exitosos.

En pocas palabras llegamos muy tarde al mercado estadounidense en particular y sin ningún plan maestro y ambicioso para beneficiar a nuestros exportadores de dicho mercado, pero lo peor fue no tener un objetivo estratégico a largo plazo, sino movernos bajo las premisas políticas de que el objetivo era la firma de un tratado de libre comercio y no su maximización comercial. El problema radica en que los gremios de la producción le copiaron al pie de la letra la iniciativa a los últimos gobiernos sobre los tratados de libre comercio, pero no se prepararon por optimizarlos, y una vez firmados, no han sabido cómo sacarles provecho. La firma solo era un punto de partida para un aprovechamiento posterior de los mercados; con la firma de los tratados no se ha logrado nada más que un marco legal y los empresarios cada vez son más escépticos de esta moda que poco a poco va pasando, máxime si se atiende a la estrategia de Trump que va en contravía de los TLC, tratando de beneficiar a sus empresarios en sus mercados locales. Las políticas comerciales de Estados Unidos en tiempos del Partido Republicano son bien distintas a las que promulgaban sus antagonistas demócratas y lo que antes estaba de moda, poco a poco está cambiando y los tratados de libre comercio ya no son la panacea, ni el objeto de conversación de cualquier economía con Estados Unidos; ahora el beneficio de los mercados locales y de los productores nacionales es la moneda de cambio, al entablar un diálogo binacional. Los tiempos cambiaron y nuestros ministros siguen anclados en los viejos tiempos de Obama, cuando quien manda es un Trump fortalecido con el proteccionismo a sus empresas y al mercado estadounidense; esa es la nueva moda.

Si miramos los últimos cinco años de tratados de libre comercio, los resultados son mediocres y las exposiciones de motivos de los viejos ministros de Comercio no se cumplieron. Seguimos siendo una economía que vive de vender materias primas como petróleo, café y carbón, y el Estado poco o nada ha hecho para incentivar a que las industrias se muevan en función de los tratados de libre comercio, tal como lo han hecho países como México, Chile o Perú, socios de la Alianza del Pacífico que sí han logrado transformar su oferta exportadora.

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