Editorial

Más que iniciar obras, lo mejor es terminarlas

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La alcaldía de Bogotá, al igual que sus similares en los más de 1.000 municipios, pronto iniciará su último año de administración, con el lunar de muchas obras comenzadas y pocas terminadas

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Diario La República · Más que iniciar obras, lo mejor es terminarlas

A más de tres meses de completar su tercer año de gobierno y de enfrentarse al último de su mandato, los 1.103 alcaldes se enfrentan a una situación desesperada por terminar la batería de obras públicas comenzadas y evitar que estas se conviertan en elefantes blancos que atormenten a sus ciudadanos.

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Los mandatarios locales y regionales han evolucionado durante la última década en la estructuración, ejecución y entrega de calles, puentes, carreteras y autopistas en cada una de sus localidades; es inocultable que el país mejora, en casi todos sus rincones, la infraestructura determinante para disminuir las precariedades crónicas de una nación aún en el subdesarrollo. Pero comenzar obras es como sembrar un árbol: lo verdaderamente importante es verlo crecer, que dé frutos, sombra o embellezca el vecindario; nada más decepcionante para los ciudadanos que ver docenas de edificios, calles o puentes sin terminar, que por supuesto se convierten en elefantes blancos porque los sucesores de los alcaldes no tienen interés en entregar obras que no comenzaron.

A lo largo y ancho del territorio nacional hay un mapa paralelo de desidia institucional, repintado con muchas obras sin terminar o que duran mucho tiempo desfasadas de sus calendarios; proyectos crónicos que se convierten en sangría del presupuesto nacional, patrocinados por alcaldes, concejales y funcionarios corruptos que cada año reciben apropiaciones sin que los ciudadanos vean lo prometido y contratado.

En Bogotá, por ejemplo, es común encontrar rimbombantes autopistas que llevan más de una década sin entregarse al servicio de los ciudadanos que han pagado impuestos para verlas funcionar; las empresas constructoras responsables de esas concesiones ni siquiera aparecen en un listado de empresarios incumplidos que deberían ser castigados sin dejarlos participar en otras licitaciones públicas.

El caso más dramático es el de la venida 68 y la calle 100, aún en construcción, sin que se le vea luz al final del túnel; los funcionarios de turno de muchas administraciones siempre responden con evasivas cuando en los medios de comunicación les preguntan sobre la fecha exacta de las entregas. Tuvo que venir a Colombia un concesionario de China para poder hacer la primera línea del metro de la capital, dicho sea de paso una promesa desde hace más de 80 años.

Ahora que la administración distrital se presta a entregarle a otro concesionario la línea dos del metro, es oportuno mirar en el vecindario bogotano el mapa de incumplimientos de muchos constructores que han aprendido a ganar licitaciones y contratos, recibir apropiaciones presupuestales, pero nunca entregar las obras pactadas.

Más que iniciar muchas obras, es más elocuente hacer unas pocas de principio a fin, de tal manera que los contribuyentes beneficiarios observen cómo se invierten sus impuestos. Claro está que no se puede generalizar en toda Colombia: hay alcaldes de muchas poblaciones muy efectivos y responsables en esta materia.

Ahora que hay una nueva administración nacional y que se van a elegir funcionarios que manejen las entidades de vigilancia y control, como la Contraloría, es imperativo que los designados no sean inferiores al reto de vigilar muy de cerca el crecimiento silencioso de miles de elefantes blancos, auténticos huecos negros por donde se va el dinero público, empresarios corruptos y funcionarios que llegan a las entidades para hacer esos favores.

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