Editorial

No solo es el dólar a $5.000, es la inflación

A la economía colombiana se le han juntado tres asuntos que cabalgan cual jinetes del Apocalipsis: devaluación acelerada, inflación sin control y un gobierno con ideas radicales

Editorial

Los vientos que soplan sobre la economía colombiana al cierre de 2022 no son buenos: la inflación de 12% está haciendo que el Banco de la República suba su tasa de intervención a niveles pocas veces vistos en la historia: 11%, obligando a empresas y familias a suspender el acceso a los créditos y a aplazar sus proyectos de progreso económico y planes de consumo decembrino.

Y como consecuencia de una ola inflacionaria, de precios altos, es global, los bancos centrales de todo el mundo han seguido la misma receta de elevar sus tasas de interés con el mismo objetivo de sacar dinero circulante al mercado, desatando un efecto aspiradora de dólares hacia economías más fuertes que generen grandes rentabilidades en un momento de mucha incertidumbre global; tal es el caso del ajustes de tipos de la Reserva Federal de Estados Unidos que subió su tasa hasta 4%, el costo del dinero más alto de la historia reciente, lo que tiene una consecuencia en los agentes extranjeros que invierten en TES locales y que ante las condiciones del dinero en Estados Unidos están saliendo del país, no solo por la iliquidez de dólares, sino por lo atractivo de las inversiones en una economía más segura.

Toda esta situación del mercado del dinero está presionando al alza el dólar en un coctel de situaciones identificables que pronostican no tanto un mal cierre de un año que tendrá un crecimiento de 7% para e PIB colombiano, sino de un pésimo comienzo de 2023 cuando se espera una caída de 2%. Para las familias y el consumidor ordinario el gran problema no es el dólar a $5.000, situación por la gozan los exportadores locales (petroleros, mineros, cafeteros, bananeros y floricultores), es el costo de vida que sigue subiendo, los alimentos, el transporte, los servicios públicos siguen siendo los pilares de la vida cara con avances mensuales de dos dígitos, sin que las medidas adoptadas por la Junta del Banco de la República funcionen desde el años pasado cuando empezó a subir la tasa de intervención sin muchos resultados y hoy se encuentre entre una inflación indómita llena de externalidades y una competencia sólida como es el atractivo de los intereses altos en Estados Unidos para llevar las inversiones. Puede percibirse entre consumidores, familias y empresas esa sensación profunda de vida muy cara, más allá de su preocupación por la sonora devaluación del peso, en una suerte de situación totalmente intercomunicada, pues el dólar a $5.000 o un peso devaluado en el año en torno a 16%, dispara los precios de los productos, bienes y servicios importados como insumos para el agro, entretenimiento, tecnología, viajes internos y externos.

Es una rara coyuntura no habitual para la economía colombiana, se han juntado varias situaciones que comprometen los fundamentales macroeconómicos, pero que se elevan a su máxima expresión cuando las nuevas políticas estatales tienen ideas de izquierda que no generan tranquilidad, tales como la inseguridad tributaria, la falta de claridad con las nuevas inversiones en sectores como el minero energético, bandazos en la hoja de ruta agropecuaria y falta de liderazgo en los pilares del crecimiento económico. Quizá el Plan Nacional de Desarrollo haga claridades sobre el ideal de crecimiento económico, sectores a desarrollar y las regiones que van a catapultar desde su posición económica. Pero aún hay más incertidumbre que certezas sobre el futuro del desarrollo, el bienestar y la obligada reducción de precariedades.

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