Pasar página para salir del atolladero
sábado, 18 de julio de 2026
Los temas que se imponen en la conversación nacional casi son los mismos desde hace un lustro, para pasar la página, el diálogo debe versar sobre un propósito que aún no existe
Editorial
La opinión pública es una sumatoria de creencias que se forman a partir de la información compartida en las redes sociales, los medios de comunicación y las instituciones educativas, pero, sobre todo, del sistema de valores heredado de la familia. Colombia es un país sumido en un conflicto interno que, generado en un principio por luchas partidistas, mutó hacia la confrontación con guerrillas subversivas y ahora se encuentra marcado por disputas por el control regional del narcotráfico.
Los ires y venires de esta confrontación ya suman más de seis décadas, miles de muertos y la destrucción permanente de infraestructura; pero, por encima de todo, han provocado el secuestro de los temas de conversación nacional.
Durante periodos muy breves, el país ha logrado hablar sobre asuntos distintos de la violencia partidista, la guerra de guerrillas y el narcotráfico. Incluso, los actores políticos que participan en el debate son hijos de esas guerras intestinas, bien sea porque un familiar fue asesinado, secuestrado o víctima del desorden institucional, o porque han sabido capitalizar discursos de odio que permanentemente intercambian por votos.
Al respecto, Jürgen Habermas planteaba que la opinión pública ideal surge en una esfera democrática donde los ciudadanos debaten y razonan juntos libremente, más allá de sus clases sociales. Esta discusión permite fiscalizar al poder, aunque el filósofo advierte que, hoy en día, los medios de comunicación y el consumo han vuelto este debate más pasivo y mercantil. Ahora que faltan pocos días para un cambio de gobierno, es urgente que los formadores de opinión intenten reorientar la agenda hacia temas más afines con los propósitos nacionales, aquellos que contribuyen a construir un futuro mejor para las nuevas generaciones.
En Colombia existe un trauma «garciamarquiano» por el cual solo se habla y se construye una percepción de las cosas a partir de situaciones curiosas, trágicas, delictivas, judiciales y extraordinarias; es decir, de noticias que siembran frustración y desasosiego en el inconsciente colectivo.
El gobierno saliente de Gustavo Petro se encargó de ahondar las diferencias sociales, en lugar de reducirlas sin conflicto ni resentimiento. Ante la proximidad de una nueva administración en manos de Abelardo De La Espriella, es imperativo que el país mude hacia enfoques más constructivos que dejen atrás las narrativas marcadas por la confrontación. En la era de la información es muy difícil dictarles a los líderes de opinión qué comunicar, pero sí se deben proponer nuevos ejes sobre los cuales pensar.
Las redes sociales y los medios jerarquizan las noticias e influyen directamente en los asuntos que el público considera prioritarios. No se trata únicamente de hablar de cosas buenas o de destacar actitudes optimistas sobre la vida o el entorno laboral, sino de posicionar retos y propósitos colectivos.
Por ejemplo, se debe definir hacia dónde va Colombia frente al problema de la baja natalidad, prever qué pasará si los jóvenes más capacitados deciden emigrar o, simplemente, establecer cómo aprovechar de forma sostenible los recursos naturales de este rincón del planeta. Los problemas que hoy saturan el diálogo nacional -por lo general conflictivo- son asuntos que debieron resolverse hace muchas décadas. Salir de este atolladero de la opinión pública es un paso necesario para despegar y avanzar, si realmente se quiere que las nuevas generaciones crezcan en un país mejor.