Editorial

Pocos vieron el efecto social de la pandemia

Desde hace año y medio, nadie preveía que una de las mayores secuelas de la pandemia fuera el descontento social, que explotó por el desempleo, la recesión y la lenta vacunación

Editorial

Los colombianos, como casi todo el mundo, llevaban más de año y medio con su atención puesta en el coronavirus, la pandemia y la vacuna, pero silenciosamente en el país crecía y ebullía un descontento social agudizado y auspiciado por las crónicas situaciones de orden público típicas, como guerrillas, narcotráfico, inseguridad y falta de presencia estatal, que se mezclaron con la recesión (caída del PIB en 6,8%) el empobrecimiento (21 millones en condición de pobreza), el desempleo (5 millones de colombianos sin trabajo) y un clima preelectoral caldeado de populismo y bulos informativos, que han generado un caldo de cultivo que amenaza con desestabilizar la cuarta economía más grande de la región, que curiosamente se pone a la cabeza en la recuperación en el primer trimestre.

El Florero de Llorente o la gota que rebosó la copa para el detonante social, que ha durado 21 días y tiene arrinconado al país en medio de la mayor incertidumbre, no fue la reforma tributaria propuesta por el Gobierno Nacional, de $23 billones, la que a través de las reivindicaciones sociales de las protestas ya va en $80 billones, sino la mezcla de externalidades a las que no se les cree, como es la agenda en marcha del Foro de Sao Paulo. Este es un espacio abierto en 1990 en el que partidos y grupos políticos de izquierda, centroizquierda y extrema izquierda latinoamericanos intentan desestabilizar las democracias de América Latina por medio de la combinación de formas de lucha. Para muchos, el Foro de Sao Paulo “nunca ha logrado realmente adquirir suficiente fuerza e importancia para influir en la región”, pero pocas veces Latinoamérica ha sido tan golpeada por protestas y actos de violencia como durante los últimos tres o cuatro años. La época dorada del Foro se dio entre 2008 y 2009, cuando miembros de los partidos afiliados ocuparon la las presidencias de Brasil, Argentina, Bolivia, Nicaragua, Venezuela y Ecuador. Pero la corrupción ligada a la multinacional brasileña, Odebrecht, los llevó a escándalos y al descrédito, no obstante desde el año pasado han empezado a recuperar gobiernos en la región.

Simultáneo a esta agenda, está una situación que pasa desapercibida y es que Colombia ha tenido que albergar a más de millón y medio de venezolanos ya establecidos, quienes han tenido que abandonar su país y hacer vida en otra parte, masa poblacional que en esta primera etapa ha demandado recursos públicos, generado desempleo y delincuencia, pero que a la postre (una década después) beneficiará a la economía de Colombia. La pandemia fue una realidad distractora, que ayudó a las fuerzas desestabilizadoras de la región a recomponerse y empezar a recuperar poderes en congresos y gobiernos, pero sobretodo en repotenciar la protesta social, pues millones de familias cayeron en la pobreza y millones de jóvenes ni estudian ni trabajan, todo un caldo de cultivo para hacer que Colombia caiga como ficha de dominó empujado por Cuba, Venezuela, Nicaragua, Argentina y Bolivia. Muchos se concentraron en el presente del covid, la pandemia y las vacunas, pero pocos advirtieron que la situación, un poco surrealista, la utilizarían para desestabilizar las sociedades. El primero que debió preverlo era el Gobierno Nacional, que estaba en la obligación de hacer que la vacunación fuera el antídoto contra esta “nueva vieja normalidad”, pues los paros de 2019 aún estaban en el imaginario popular.

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