Por un Senado y Cámara no transaccional
lunes, 9 de marzo de 2026
El recién elegido Congreso de la República llevará las leyes del país hasta 2030, en medio de una baja favorabilidad institucional, tiene la gran labor de cambiar la manera de legislar
Editorial
Todas las democracias siempre están expuestas a grandes revoluciones que transforman los países y les marcan sus destinos. En Colombia puede darse una gran revolución que lleve al país a otro nivel de desarrollo, eso sí, si el Congreso elegido quisiera. Una revolución que liquide la transaccionalidad habitual presente por siglos en la Cámara y el Senado y permita la construcción de una coalición fuerte con el nuevo Ejecutivo que entienda los retos de la Colombia del siglo XXI.
Las últimas elecciones no dieron una gran renovación en la Cámara y el Senado, pero sí hay una nueva piel que puede asumir el reto de hacer las tareas no realizadas y todos los pendientes de un país aún sumido en el subdesarrollo y carcomido por toda suerte de precariedades. El Congreso de la República no es una institución que tenga gran reputación a nivel general; la burocracia, los contratos y el lobby de intereses particulares se han vuelto un pecado pendiente de resolver. Sea esta la oportunidad para alejarse de esas viejas mañas que los mantienen en una zona de muy mala imagen.
Colombia es un país tripartito: las cortes, el Ejecutivo y los congresistas deben ser un tridente para sacar esta sociedad adelante. Pero si el dinero del presupuesto general ($560 billones) es usado como aceite para que el Legislativo opere, se consolida el sistema perverso del cual el país no ha podido salir. Los senadores y representantes recién elegidos son los responsables de romper ese círculo vicioso que hasta ahora ha mantenido una campeante corrupción enquistada y creciente. Ese es el ciclo que se debe romper: que los nuevos congresistas -y los viejos que repiten- no se dejen comprar por puestos públicos, embajadas, ministerios y/o contratos; deben tener ideas claras sobre el desarrollo regional, sobre la potenciación de sectores económicos que contribuyan a un sistema tributario más racional, a derrotar la informalidad y entender que la Colombia de hoy se ha consolidado como un país de regiones que necesita urgentemente autonomías tributarias y mucha más autodeterminación en asuntos como la educación, la salud y todas las infraestructuras.
El nuevo Congreso de la República es esa piedra angular ideal para hacer saltar al país en términos de PIB y de ingreso per cápita. El país económico necesita que quienes llevarán las riendas del país a las puertas de la cuarta década del siglo XXI no sean inferiores al reto de entender que la corrupción no tiene espacio en el país moderno, que la vieja manera de hacer política con maquinarias está mandada a recoger y que, si quieren ser unos congresistas profesionales, deben leer los intereses de sus electores.
Es importante que Colombia cuente con un Congreso que represente no solo las regiones en la Cámara de Representantes, sino que tenga a los mejores ciudadanos en el Senado, con una entereza nacional; un Congreso que no sea monolítico con las mismas iniciativas de siempre, sino plural en los planes y proyectos de trascendencia como las reformas a la salud, la educación, las pensiones o planes a largo plazo de crecimiento sostenido. Al Congreso que se instale en julio de este año le tocará tejer esos propósitos nacionales que hoy no existen y que son necesarios para las nuevas generaciones. La Colombia de hoy necesita un Legislativo mucho más trabajador, innovador y disruptivo que el de hace décadas.