Editorial

¿Quién paga la cuenta de cobro por las protestas?

<p>Bogotá pierde competitividad en medio de grandes, medianas y pequeñas protestas que lo único que han logrado es volverse parte del paisaje</p>

Desde ayer y hasta el próximo 1 de mayo, Día Internacional del Trabajo, Bogotá viste sus calles con protestas que le dejan a su economía una cuenta de cobro impagable en términos de competitividad, calidad de vida, bienestar social, facilidad para hacer negocios y libre desarrollo humano. El centralismo ha hecho que la Capital de la República se convierta en el epicentro de todas las protestas variopintas, desde la operación tortuga efectuada ayer por taxistas de toda Colombia, hasta los plantones políticos organizados por el Centro Democrático en contra del Gobierno, eso sí, pasando por las manifestaciones diarias de empleados públicos, servidores del sistema judicial, profesores, antitaurinos, colectivos Lgtbi, campesinos, marcha patriótica y las tradicionales jornadas de manifestaciones de las dignidades agropecuarias y los estudiantes de las alma mater públicas, como la Nacional y la Distrital y las infaltables por el mal servicio de Transmilenio.

Protestar es el verdadero deporte colombiano que ha escogido de sede las principales arterias de la Capital: La Séptima rumbo al centro, donde están la Casa de Nariño, el Congreso, la Alcaldía Mayor y la Justicia; la Avenida Eldorado donde funcionan el Aeropuerto, la Gobernación de Cundinamarca y los despachos de varios ministerios. Quienes tienen que ver con estos lugares, porque diariamente pasan por allí o trabajan en empresas que funcionan en estos sectores, son testigos de primera mano de los problemas que la ‘protestitis aguda’ le están generando a la competitividad de una ciudad que vive en franco movimiento y que representa más de 25% del PIB del país.

Cada semana llegan a Bogotá docenas de buses de todos los departamentos, con cientos de personas que son traídas por los organizadores de paros para que frenen el libre desarrollo de la ciudad y afecten su dinámica económica. Esa no es una operación simple ni barata, pues implica contratos, apoyos logísticos, coordinadores, y sobretodo, un buen capital líquido para hacer que un paro sea exitoso y salga por los medios de comunicación. A pocos les importa si una persona que vive y trabaja en Bogotá pierde una cita, lo deja un vuelo o queda mal en una entrega de suministros y en la prestación de un servicio, eso vale dinero para el comercio, los proveedores y especialmente en la labor formal de un ejecutivo. Es muy costoso vivir en medio de paros y protestas que al final de nada valen porque la ciudad no ha salido del paro de taxistas para enfrentar el de las centrales obreras, en un sin fin de marchas que desde hace varios años se convirtieron en el paisaje urbano de una capital de casi 10 millones de habitantes que ven como su ciudad se asfixia en medio de grafitis y agresividad callejera.