Resultados Pisa no son culpa de los jóvenes
miércoles, 9 de septiembre de 2026
Que los estudiantes colombianos sean malos en matemáticas, no lean y carezcan de cualidades científicas es reflejo de una sociedad que no valora la exigencia ni padres comprometidos
Editorial
Una vez se conocieron los resultados de las pruebas Pisa 2025, el país volvió a rasgarse las vestiduras al ver las dificultades que enfrenta el sistema educativo colombiano para cerrar la brecha frente a los países de la Ocde. Lo peor es que los actores principales de los colegios y las universidades se amparan en que Colombia no fue la excepción y en que los resultados evidencian un rezago importante en todo el continente, especialmente en matemáticas.
Este llamado “club de las buenas prácticas” evalúa las capacidades de estudiantes de 15 años en matemáticas, lectura y ciencias. En esta edición, Colombia obtuvo 381 puntos en matemáticas, un resultado que la ubicó en el octavo puesto entre los países latinoamericanos incluidos en la medición y en la posición 53 a nivel global. En lectura, el desempeño fue relativamente mejor: alcanzó 399 puntos, con lo que ocupó el cuarto lugar regional y el puesto 52 global. En ambos componentes, sin embargo, el país permaneció por debajo del promedio de la Ocde. Esto significa que, pese a su posición dentro de América Latina, Colombia continúa enfrentando una brecha considerable frente a los sistemas educativos de las economías desarrolladas.
Mientras que en matemáticas el país aparece en la segunda mitad de la tabla latinoamericana, en lectura logra estar entre los cuatro mejores de la región. La diferencia de 18 puntos entre ambos resultados evidencia que las mayores dificultades se concentran en el desarrollo de competencias lógicas y cuantitativas. En realidad, los resultados de las pruebas Pisa no aportan ninguna noticia nueva; Colombia y, en general, América Latina siguen postradas en sus sistemas educativos, lo que se refleja en la incapacidad para resolver problemas crónicos.
Los jóvenes universitarios actuales, nacidos después del año 2000, no demuestran un mejor desempeño que los de los años 90. Este es un problema persistente al que las autoridades educativas no prestan la atención suficiente. Se trata de un asunto delicado bajo la responsabilidad compartida de los padres de familia, los educadores de primaria, los docentes de secundaria y, por supuesto, los profesores universitarios, quienes forman a su vez a los futuros maestros.
No se puede negar que la educación se ha convertido en un círculo vicioso que condena por generaciones el aprendizaje a las mismas deficiencias. Por otro lado, existen grandes capitales que no logran posicionar ninguno de sus colegios entre los mejores resultados de las Pruebas Saber. Lo más alarmante es que casi todas las instituciones que ocupan los primeros puestos seleccionan a un puñado de sus mejores estudiantes para que las representen, distorsionando la realidad del promedio.
No hay un compromiso nacional para que la educación mejore y los colombianos más jóvenes sean realmente competitivos a nivel internacional. Obviamente, el problema comienza en casa: los jóvenes del siglo XXI son, en su gran mayoría, hijos de padres que priorizan otros aspectos por encima de la educación. Asimismo, el país no se puede seguir engañando con profesores que se niegan a ser evaluados, mientras se ganan la vida evaluando a sus estudiantes. Hasta hace muy poco, los docentes gozaban de regímenes laborales especiales sin que esos beneficios se tradujeran en la calidad del servicio impartido.
Colombia atraviesa una tragedia educativa que debe resolverse con una verdadera revolución cultural, donde las familias y los profesores sean el epicentro de una nueva propuesta formativa.