Editorial
Un Nobel de Economía debería...
jueves, 8 de octubre de 2026
El lunes se conocerá el nombre del nuevo premio Nobel de Economía, en medio de preocupaciones globales sobre la cura del indómito problema de la inflación en todas partes
Editorial
La inflación de agosto en EE.UU. se ubicó en 3,4%, registrando una variación de precios con una clara tendencia al alza. Al mismo tiempo, el costo de vida en los países de la Unión Europea se situó en 3,8%, una de las cifras más altas desde la pandemia; mientras tanto, el promedio entre las naciones de la Ocde alcanzó 4,3%. En este escenario, lo más probable es que en Colombia la cifra se mantenga alrededor de 6% al cierre del año.
Este panorama evidencia un problema global complejo, derivado principalmente de los altos precios de los combustibles, los alimentos, el transporte y la crisis de vivienda que atraviesan múltiples sociedades. Obviamente, el impacto de esta variación alcista es mucho más dramático en unas naciones que en otras.
Países como Venezuela, Argentina o Turquía registran tasas crónicas que superan los dos dígitos, e incluso, en el caso venezolano, rebasan 100%. Tanto la teoría como la práctica económica dictan que el antídoto más común para contener la inflación es el incremento de las tasas de intervención por parte de los bancos centrales.
En respuesta, la FED ha llevado sus tipos a un rango de entre 3,75% y 4%; el Banco Central Europeo los ha fijado en 2,65%; y, aunque no existe un tipo unificado en la Ocde, su promedio oscila entre 3,3% y 3,5%. En la misma línea, México mantiene su tasa en 6,50% y el Reino Unido en 3,75%.
Este panorama macroeconómico representa el mayor dolor de cabeza para los gobernantes globales y una dura realidad para los hogares. Los ciudadanos ven con preocupación cómo sus ingresos son insuficientes ante los precios del mercado y cómo su poder adquisitivo se erosiona mes a mes, afectando incluso el pago de tarifas reguladas por el Estado, como el transporte y los servicios públicos.
Aquí radica una auténtica paradoja económica: el único remedio probado para mitigar el costo de vida consiste en elevar las tasas de interés, una medida que a la postre ralentiza la economía global al contraer la capacidad de consumo, encarecer la financiación y obligar a las empresas a reformular sus modelos de negocio debido al alto precio del dinero. En economías emergentes como la colombiana, el desafío se intensifica.
Las economías subterráneas vinculadas al narcotráfico impactan cerca de 3% del PIB, lo que provoca que una parte considerable del consumo y el financiamiento local responda a las dinámicas del lavado de activos. Por esta razón, el Banco de la República continúa subiendo las tasas de interés sin conseguir que la inflación retorne a su rango meta de 2% a 4%.
En otras palabras, la medida no logra reducir eficazmente el costo de vida, pero sí deprime el consumo de los hogares y encarece el crédito para los empresarios, frenando el dinamismo productivo. Bajo estas asimetrías de financiamiento entre los distintos actores, resulta sumamente difícil alcanzar un crecimiento económico superior a 4% y, simultáneamente, doblegar la inflación a ese mismo nivel. Esta situación pone el dedo en la llaga sobre una problemática estructural a la que pocos teóricos de las ciencias sociales prestan la atención que merece.
Se ha permitido que las teorías monetarias de los bancos centrales y los argumentos de los hacedores de política pública dicten por completo la compleja relación entre las tasas de interés y el costo de vida.
Mientras el Premio Nobel de Economía de 2026 está a la vuelta de la esquina -y seguramente se enfocará en áreas ajenas a las fluctuaciones de precios y tipos de interés-, los economistas del desarrollo que abundan en nuestra región tienen el deber de refinar sus modelos.
Es imperativo que formulen propuestas conjuntas y generen una alternativa regional para salir de este laberinto crónico.