Un pacto por el crecimiento económico

Si Duque quiere dejar huella de su paso por la Casa de Nariño, debe hacer un pacto por el crecimiento sostenido de la economía que se vuelva desarrollo

EditorialLR

La historia de cualquier país está llena de buenas intenciones de presidentes que siempre han querido lo mejor para sus gobernados y Colombia no es la excepción. Si solo miramos los mandatarios recientes del siglo XXI, vemos a un Álvaro Uribe determinado en pacificar el país y rescatarlo de las garras de los grupos guerrilleros que lo tenían sometido desde comienzos de los años 90 y habían convertido al territorio nacional en un campo de batalla. Juan Manuel Santos recibió un país con un orden público estabilizado, una guerrilla casi derrotada y un anhelo de muchos colombianos para avanzar a otro estadio de la guerra interna y se la juega por un acuerdo de paz con las Farc; un proceso que dividió a los colombianos y deja al país político fraccionado. Y mañana llegará a la Casa de Nariño Iván Duque, un joven mandatario que tiene la responsabilidad de unir de nuevo a todos los colombianos en torno a unos objetivos concretos, en avanzar con liderazgo por una hoja de ruta que lleve al país a un tercer estadio que lo estabilice, luego de casi seis décadas de una guerra interna no declarada.

La tarea que Duque emprenderá no es nada fácil porque las últimas contiendas en las urnas han dejado muchas heridas abiertas y hay un grupo minoritario de la población que es experta en echarle sal a esa heridas para seguir dividiendo a quienes quieren trabajar unidos por unas metas megas que redunden en beneficio de todas las regiones y todos los sectores. La conformación del gabinete ministerial es muy buena, su carácter técnico ha prevalecido y hay personas sin tacha de las cuales se espera mucho en su desempeño. Hay verdaderos doctores, académicos, emprendedores y una cuota importante de políticos, quienes también son necesarios para poder sacar las reformas adelante. A ese grupo humano hay que desearle la mejor de las suertes y trabajar cada uno desde su posición para que le vaya bien, pues si al Presidente de la República le va mal, a todo el país le va mal. El primer principio de una verdadera institucionalidad es respaldar y ayudar a las personas que están a cargo de las instituciones fundamentales como la Presidencia y sus ministerios; luego colaborar con una agenda transformadora que guíe las metamorfosis económicas del país. Y en esa agenda no se pueden equivocar los temas sustanciales ni los caminos. Muchos argumentan que la raíz de todos los males en Colombia es la desigualdad social, triste indicador que nos pone entre las sociedades más desiguales del mundo y casi los primeros en la región. Pero esa mala distribución no se combate destruyendo riqueza ni quitándole a los ricos para darles a los pobres, tal como pregona el fracasado socialismo del siglo XXI. Se camina hacia sociedades más igualitarias haciendo que la economía crezca, que se abran las oportunidades económicas para todos, pero eso solo es viable si hay libertad empresarial, seguridad jurídica, impuestos no regresivos y buena educación. Si hay empresas prósperas, hay más empleos formales; si hay empleo hay consumo, si hay consumo hay más competencia y los hijos de los empleados formales pueden disfrutar de una buena educación. Es una cadena de hechos transformadores en la que unos tras otros llevan al país a otra etapa de desarrollo; para ellos hay que sellar un pacto por el crecimiento económico que se derrame en bienestar social.

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