Una reputación por el piso

No son los mejores momentos para el nombre de Colombia, pues en las últimas semanas su imagen ha vuelto a ser sinónimo de violencia

EditorialLR

Varios hechos revuelven a la sociedad colombiana y nos regresan a aquellos tiempos aciagos de ataques guerrilleros, inseguridad galopante, muertes de periodistas, narcos en alza, asesinatos selectivos, corrupción campeante y una gran ola de desesperanza que se siente en cada rincón del país. Justo las épocas negras a las que se pensaba estar pasándoles la página con el complicado proceso de paz con las guerrillas de las Farc. Todo esto ha vuelto a pasar en solo dos semanas en las cuales la reputación del país está por el piso, en medio de una campaña electoral se con el paso de los días se torna más conflictiva.

Las denuncias por los manejos de los dineros del posconflicto que enlodan la gestión del Gobierno Nacional, se han convertido en feos lunares que dejan muy mal parados a los responsables de ejecutar con profesionalismo, ética y responsabilidad, esos recursos escasos destinados a financiar los compromisos de los acuerdos de paz. A esto se suma el triste desenlace de los periodistas secuestrados por las disidencias de las Farc en Ecuador y asesinados en territorio colombiano. Ese hecho luctuoso -que para muchos colombianos es tradicional o hacen parte del paisaje- es un grave mensaje al exterior donde se observa con impotencia la realidad de Colombia en supuestos tiempos de posconflicto. El secuestro de los periodistas ecuatorianos se sincronizó con la Cumbre de las Américas de Lima y la

Asamblea de la Sociedad Iberoamericana de Prensa en Medellín; dos reuniones cruciales en las que no se habló de una cosa diferente que de ese macabro suceso que tiene como protagonistas a los colombianos. Un tercer suceso -con el sello colombiano- fue el asesinato por parte de su esposo de una mujer protegida en España; una persona que había salido del país por amenazas y era perseguida por los grupos al margen de la ley. También un suceso que aquí es tradicional, pero que en Europa se convierte en una noticia incomprensible que deteriora más la imagen de los colombianos en el exterior.

Y para no seguir sumando malas noticias, solo reseñando lo más cruel, está el asesinato de ocho agentes de Policía en la complicada región de Urabá, suceso que nos regresa a los años 90 cuando esa rica región fue teñida por matanzas. Todo un calvario de malas situaciones que reviven malos años y que nos hacen tener mayor conciencia de que las cosas poco han cambiado, porque Colombia ha desarrollado una sociedad secuestrada por la inseguridad, la violencia y la corrupción, tres jinetes de nuestros crónicos males que no dejan pasar las páginas malas y asumir el reto de construir un país en paz.

No solo es cuestión de la mala reputación que se genera con todos estos hechos, muchos inevitables, sino el desasosiego que penetra a las personas, quienes poco a poco recobran la conciencia de que construir paz y levantar un país en desarrollo, que persiga el bienestar, es cuestión de futuro, de preparar nuevas generaciones que estén dispuestas a pasar las páginas de tragedias tras tragedias. Todos esos sucesos negros con los que se ha teñido este 2018, tienen consecuencias muy graves para la imagen nacional, pero más huella dejan en los colombianos que ven impotentes que poco avanzamos en alcanzar una sociedad menos violenta, menos corrupta y mucho más enfocada en el bienestar de las próximas generaciones.

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