La sostenibilidad como camino hacia la inversión y el crecimiento

El “Valor Compartido” ha tomado mayor relevancia

Isabel Mantilla

Hasta hace pocos años la conversación de RSE o RSC estaba todavía altamente circunscrita a la categoría verde, de grandes donaciones y acompañamientos altruistas. No obstante, el impacto de las iniciativas de sostenibilidad en el negocio de las compañías a largo plazo, así como su capacidad de trasladar valor, riqueza y desarrollo a la sociedad, le ha dado otra dimensión a esta práctica.

El concepto de Valor Compartido ha demostrado ser una de las realidades más importantes en la ruta corporativa, donde las organizaciones eficientes, con mayor capacidad financiera y operativa son jugadores capaces de generar bienestar integral y sostenible en todo el ecosistema de los negocios y las sociedades, creando además conciencia sobre la responsabilidad que trae compartir el valor y la riqueza con los recursos humanos y ambientales que se utilizan para generarla.

Pero esto tiene un punto de vista que merece reflexión en los negocios, y es el económico. Es claro que las decisiones deben tener un componente financiero para ser viables y sostenibles, pero ahí también está visto que si invierto en el desarrollo sostenible de mi sector, de mi equipo de trabajo, de mi cadena de valor y de mi entorno en general, esa acción se hace circular, y tiene la capacidad de volver en beneficio del negocio.

Un ejemplo sencillo de esto puede ser el uso de los recursos hídricos para una productora de bebidas. Si yo agoto el agua, mi producto no podrá ser más, pero adicionalmente la afectación que un comportamiento inconsciente generará sobre la marca puede ser el final de una historia corporativa.
Hay grandes casos de éxito en este sentido. Nespresso, Alquería, Nutresa, o por ejemplo Argos, que trasladó una planta que le era funcional al darse cuenta de que podría impactar el bienestar de la comunidad. Esto no cabe dudas que pudo ser costoso de manera inmediata, pero es un paso estratégico profundo y responsable dentro de la visión de una organización que se piensa en el largo plazo.

¿Cómo medirlo al final? Se trata de generar indicadores y reportarlos adecuadamente en los informes de sostenibilidad, para que el día de mañana puedan ser comparados y analizados en beneficio interno y externo del negocio. En el caso de Asobancaria, acabamos de presentar la segunda edición de nuestro informe de sostenibilidad.

Si además ese indicador nace de un gremio es más interesante todavía el ejercicio, pues se convierte en un índice que facilita la consideración del impacto, al tiempo que permite el benchmark con los demás jugadores del mercado.

Este es el caso de índices globales de gran reputación, como el Dow Jones Sustainability Index, que, al hacer mediciones bajo estándares transversales de alto nivel, facilita a los inversionistas tomar mejores decisiones sobre sus inversiones y atraer recursos de personas que en el exterior están buscando dónde ubicar su capital con seguridad, rentabilidad y visión sostenible de largo plazo.

Una manera común de ver esto es a través de los bonos verdes, que se consolidan como nuevas alternativas de financiamiento que amplían el mercado y generan riqueza para las empresas que los emiten. Estos, a su vez, generan desarrollo en sus zonas de influencia, en un ciclo que contribuye a todos los jugadores, para al final crear beneficios tangibles para todas las partes.

Es en este contexto que cobra especial sentido que gremios como Asobancaria promuevan que su Protocolo Verde cuente con un proyecto para ampliar el impacto del sector financiero y ese es el Protocolo Verde Ampliado, donde en compañía de Fasecolda, Asobolsa, Asofiduciarias y Asomicrofinanzas buscamos un camino de crecimiento conjunto y duradero, con atributos de rentabilidad, integralidad y transparencia, y es así que los sectores privado y público se articulan, porque la sostenibilidad y el desarrollo sostenible, al final, tiene que ver con todos.

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