La alimentación de la calma
viernes, 27 de febrero de 2026
¿Y si el problema no es lo que comes, sino cómo y en qué estado lo comes? ¿Y si alimentos saludables quedaran en un segundo plano porque tu sistema nervioso dice que no es momento de digerir, sino de sobrevivir?
Daniela Guevara Angarita
En mi consulta, recibo a diario personas que han hecho de la alimentación saludable una obsesión silenciosa. Llegan con sus análisis de sangre, y con una lista mental de alimentos “permitidos” y “prohibidos”. Me cuentan, que desayunan su avena con semillas, que almuerzan pechuga de pollo con verduras al vapor y que meriendan un puñado de nueces cuidadosamente contadas y que a veces hacen ayunos muy prolongados. “Doctora, ¿pero entonces por qué no me siento bien? ¿Por qué sigo hinchado, cansado, con antojos de azúcar o simplemente no veo los resultados que esperaba?” Durante décadas, la ciencia de la nutrición y la industria del bienestar nos han vendido una idea muy seductora: eres lo que comes. Y, bajo ese lema, hemos aprendido a obsesionarnos con el contenido de los alimentos. Contamos gramos de proteína, medimos el Índice glucémico del pan, debatimos si la leche es o no inflamatoria y perseguimos superalimentos en tierras lejanas como si fueran la Única solución. Pero ¿y si el problema no fuera lo que comes, sino cómo y en qué estado lo comes? ¿Y si toda esa avena, ese pollo y esas nueces quedaran en un segundo plano porque tu sistema nervioso, atrapado en un circulo de estrés crónico, le ha dicho a tu cuerpo que no es momento de digerir, sino de sobrevivir?
Hoy quiero invitarte a darle la vuelta a todo. Quiero hablarte de un concepto que, como nutricionista, considero que el piso sobre el que deberÍa construirse cualquier edificio nutricional es: la alimentación de la calma, alimentación consciente o mindful eating. Porque de nada sirve llenar la nevera de alimentos orgánicos y saludables, si llegamos a la mesa con la mente en el trabajo, el corazón acelerado y los hombros tensos. La digestión no es solo un proceso químico; es un acto profundamente influenciado por nuestra biología más primitiva.
Para entender por qué el estrés es el enemigo silencioso de tu ensalada, tenemos que viajar millones de años atrás. Nuestro cuerpo es una máquina perfecta diseñada para la supervivencia. En su interior conviven dos ramas principales del sistema nervioso autónomo (el que funciona sin que lo mandemos), que son como el acelerador y el freno de un carro.
Por un lado, tenemos el Sistema Nervioso Simpático. Es nuestro acelerador. Es el que se activa cuando percibimos una amenaza. Su función es prepararnos para la acción: luchar o huir. Cuando se enciende, el corazón se acelera, la presión arterial sube, las pupilas se dilatan y la sangre se va a los músculos grandes (piernas y brazos) para que podamos salir corriendo. En este modo de emergencia, ¿Sabes qué funciones se consideran “no prioritarias” y se suspenden temporalmente? Exacto: la digestión, la reparación celular, el sistema inmune profundo y las funciones reproductivas.
Por otro lado, tenemos el Sistema Nervioso Parasimpático. Es nuestro freno y nuestro modo de “descanso y digestión”. Es el que debería activarse después de comer, cuando estamos en un entorno seguro, permitiendo que la sangre fluya hacia el estómago y los intestinos, que se liberen las enzimas necesarias y que absorbamos los nutrientes.
El problema del siglo XXI es que nuestro cerebro no distingue entre un tigre y un correo electrónico de nuestro jefe. Una discusión de tráfico, la presión por llegar a tiempo al colegio, ver las noticias o incluso el simple scroll en redes sociales antes de dormir, pueden activar esa respuesta de estrés. Y cuando vivimos en un estado de alerta permanente, nuestro cuerpo se queda atascado en el modo “acelerador a fondo”, con el sistema simpático al volante. En otras palabras, pasamos la vida con el freno de mano puesto, pero con el pie en el acelerador.
¿La consecuencia? Que nos sentamos a la mesa, ante el plato más saludable y equilibrado, pero nuestro cuerpo sigue en modo “huida”. Y cuando el cuerpo está en modo huida, no puede estar en modo digestión. Es una ley biológica innegable.